28 de diciembre de 2014

Nacionalismo ucraniano en 1918


Mijaíl A. Bulgákov
Bélaia Gvardia (La guardia blanca)

Destino. Barcelona, 1971
300 páginas
Traducción de José Laín Entralgo


Todavía no he encontrado a nadie que tras leer El maestro y Margarita no estuviera entusiasmado con los enloquecidos paseos de Satán por el Moscú de tiempos de Stalin -reconozco que tampoco he conocido a muchos lectores de esa gran obra-. En mi caso, lo suficiente para, años más tarde, darme una vuelta por la biblioteca de mi barrio en cuanto supe de la existencia de La guardia blanca.

Se trata de una novela más convencional, sin elementos sobrenaturales aunque ya aparecen rasgos de desmadre absurdo en los que para mí son los mejores pasajes de la novela. La narración tiene lugar en Kiev, durante unos días de diciembre de 1918, en medio de los convulsos años que siguieron a la revolución bolchevique: según la Wikipedia, la ciudad cambió dieciséis veces de manos entre zaristas, alemanes, independentistas de derechas, anarquistas, bolcheviques e independentistas de izquierdas: una fiesta, y todo eso antes de empezar con las hambrunas y masacres de campesinos, purgas, gulag y nazis masacrando todo lo que se movía. Los hay con suerte.

Este diciembre no ha venido la nieve, pero sí la niebla.
Ávila, 2014

La guardia blanca cuenta las vicisitudes de los hermanos Turbín, una familia de militares zaristas, durante la caída del régimen del hetman apoyado por los alemanes ante las tropas de la República Popular Ucraniana lideradas por un tal Petliura. Tuve que leer un par de artículos de la Wikipedia para ponerme en contexto (y una cosa lleva a la otra, y tal...), lo cual recomiendo al lector, si, como es mi caso, no estaba del todo despierto el día que lo explicaron en el instituto. Fue escrita en 1924, por lo que seguramente los lectores no necesitaban de demasiada introducción histórica.

Los Turbín, sus parientes, amigos y vecinos hacen lo que pueden para salir con vida de la vorágine: los hay cobardes, generosos, honrados y locos. Me pareció una novela muy de reflexionar sobre el carácter de los personajes y la cadena de motivos que les llevan a actuar, muy en la tradición rusa; no hay demasiadas batallitas, desarrollándose casi toda ella en el hogar familiar de la bajada de Alexéievski -el mismo Bulgákov la adaptó para el teatro. Disfruté leyéndola, aunque sospecho que la traducción, por mucho que fuese hecha por un respetado académico, no está a la altura: el lenguaje suena acartonado, y tiene la manía irritante de por emplear palabras rebuscadas (¿por qué siempre tiene que ser "azulenco" y no "azulado"?). Además de una buena novela, tiene el atractivo de la actualidad; como siempre, la ficción nos puede explicar cómo es un país mucho mejor que kilos de ensayos y tratados de historia.


29 de noviembre de 2014

Tradición y modernidad... hasta el límite

Jared Diamond
The world until yesterday: What can we learn from traditional societies?
El mundo hasta ayer: ¿Qué podemos aprender de las sociedades tradicionales?

Viking, New York, 2012
512 páginas

Jared Diamond llegó a mi conocimiento a través de "Cañones, gérmenes y acero", un libro que me entusiasmó, un buen ejemplo de obra de divulgación, muy entretenida y que ataca un tema para mí muy interesante: ¿por qué unas sociedades avanzaron mucho más rápidamente que otras?. Luego leí "Colapso", que puede considerarse una continuación, sobre cómo algunas sociedades son capaces de autodestruirse, normalmente cargándose a conciencia el medio ambiente que les sustenta. En ambos, el autor aprovecha de forma indirecta su experiencia como ornitólogo en las selvas de Nueva Guinea, en donde conoció de primera mano el paso de algunas culturas cazadoras-recolectoras a la "civilización".

En El mundo hasta ayer, se dedica por completo a comparar una serie de aspectos de la vida en las sociedades 'primitivas' con la de los habitantes de los países industrializados, eso que los anglosajones llaman "occidentales". Además de su experiencia personal, muy centrada en Nueva Guinea (probablemente el mejor sitio dado su aislamiento hasta hace muy poco y su extraordinaria riqueza de culturas, tribus, pueblos y naciones), usa como ejemplos una serie de pueblos que hasta hace muy poco habían estado a salvo de influencias externas, en el Amazonas, desierto del Kalahari, Alaska, Bolivia...

El libro comienza muy bien, describiendo cómo es la forma en que las sociedades "tradicionales" (léase cazadoras-recolectoras o que practican una agricultura/ganadería arcaica, lo que en tiempos menos políticamente correctos llamaban "los primitivos") tratan a los extraños: se los cargan. Por tanto, a nadie se le ocurre irse por ahí de viaje más allá de la tribu de al lado, donde hay un par de mozas su pueblo allí casadas. De ahí pasa a cómo se las arreglan para comerciar en esas condiciones, y luego a la resolución de conflictos: la justicia tradicional, ocupada sobre todo en reparar las relaciones para que pueda seguir la vida en el poblado, frente a la nuestra, ocupada más que nada en encontrar culpables y castigarlos.

 Como no tengo fotos de Nueva Guinea, pongo esta de California.
Sam McDonald County Park, marzo 2014

Los ciclos interminables de ofensa y venganza entre poblados, y la elevada proporción de muertes violentas que hay en las sociedades "tradicionales", ocupan un par de capítulos también muy absorbentes. Luego pasa a exponer costumbres más de la vida cotidiana, como la forma de educar a los niños y de tratar a los ancianos, cómo reaccionan ante el riesgo y el peligro: curioso, aunque no creo que sea muy aplicable en nuestro entorno.

Pero a partir de aquí el libro cae en picado: se mete en una larga disquisición sobre las funciones que desempeña la religión en las sociedades tradicionales y en las actuales, luego hay un capítulo sobre los idiomas y su extraordinaria diversidad en las sociedades antiguas (lo normal en un habitante de las tierras altas de Nueva Guinea es que domine cinco idiomas, frecuentemente muy diferentes unos de otros), y el capítulo final versa sobre las enfermedades no contagiosas -titulándose "Sal, azúcar, grasa y pereza" ya está todo dicho-.
Digo que cae en picado porque, además de ser temas muy trillados y por tanto mucho menos llamativos para el lector, adopta un tono de sermón propio de revista dominical, repitiendo cosas mil veces sabidas. La tendencia de Diamond de ponerse la venda antes que la herida, tratando de anticipar cualquier posible crítica, se mezcla con la moralina y se acentúa, volviéndose muy irritante. Es una pena, porque los dos primeros tercios del libro son una delicia; me permito aventurar que en esta última parte hubo alguna indicación por parte del editor de alargarla un tanto, para que el volumen tuviera el empaque necesario para destacar en la mesa de novedades de la librería.

Algo que me ha parecido muy interesante es la comparación no entre las sociedades primitivas y la California de 2012, sino con la típica aldea española hasta la década de 1950. Creo que el mundo en el que vivieron mis abuelos y pasaron la infancia mis padres se parece más, en muchos aspectos, al de las aldeas de Nueva Guinea que al de las subvenciones europeas, cosechadoras programadas con GPS y globalización que tenemos ahora.

23 de noviembre de 2014

Valle de la Angostura - una ruta por los dominios del Lozoya

El valle del Lozoya ocupa la esquina norte de la provincia de Madrid. Abierto hacia el NE, es frío y húmedo, ideal para el verano, pero en este extrañamente cálido mes de noviembre también tiene su atractivo. La cabecera del valle, entre Peñalara y Rascafría, está cubierta de bosque: pinos y robles entre los que se pueden ver llamativos acebos con sus bolitas rojas. Y setas, muchas setas de todas las formas y colores, aunque servidor es de los que las deja en su sitio, aunque luego en el restaurante es lo primero que pido. Y eso que todas las setas son comestibles, por lo menos una vez.

 
¡Numérense! Prácticamente llegando al final


La ruta que hicimos ayer está muy bien descrita aquí. Es la típica ruta triangular ("circular" porque se vuelve al punto de partida) que une dos caminos bien trazados y sin posibilidad de pérdida con un segmento un tanto más errático. Los de wikirutas proponen andar un rato por la carretera; nosotros preferimos mantener una respetuosa distancia de los coches, aunque supuso un poco de campo a través, poco problemático al haber poca maleza.


 Captura de pantalla del programa Garmin Base Camp con el 'track' grabado por el GPS. Saliendo del aparcamiento en la esquina NE, se remonta el río para luego girar a la derecha hasta encontrar el camino de vuelta.

 Quitando esto, es una ruta sencillísima y bien hermosa, todo el tiempo atravesando el bosque: no hay muchas oportunidades por estas latitudes arboricidas de andar varias horas entre árboles. Si añadimos los colores del otoño y las setas, es un paseo magnífico; además no hay demasiada gente, probablemente al estar a 100 km de la capital.

Colores del otoño, en un tranquilo estanque marcado en el mapa

Datos medidos con el GPS:
  • Distancia: 16.8 km
  • Tiempo andando: 3h 50'
  • Tiempo parados: 2 h
  • Desnivel: 630 m

El cómodo perfil de la etapa

 
Para terminar, una foto de colorines que justifica llevar una cámara y no depender sólo de la del móvil






9 de noviembre de 2014

A buenas horas, mangas verdes

Antonio Muñoz Molina
Todo lo que era sólido

Seix Barral. Barcelona, 2013
256 páginas

Más de un año después de haber leído el despelleje que en mi admirada La Página Definitiva hicieron al pobre Antonio Muñoz Molina por haberse atrevido a publicar esto, cayó en mis manos un ejemplar. Mis genes masoquistas tomaron el control de mi voluntad, y me puse a leerlo. Tomando notas, porque lo merece.

Los primeros capítulos son muy cabreantes. A base de preguntas retóricas y generalizaciones, y el abuso de la primera persona del plural, todos los habitantes de España entre 2000 y 2008 somos calificados de ingenuos o de subnormales, no sé qué es peor. Sale con que el dinero caía del cielo, que "no reparábamos en...", y yo recuerdo las largas conversaciones con mis amigos sobre la subida exagerada de los precios de la vivienda, sueldos congelados, salvajadas urbanísticas y corrupción evidente, y enseguida empiezo a imaginar conversaciones con el autor. Todas empiezan por un "Mira, bonito..." y acaban bastante mal.
Quizá porque mi generación ha sido víctima del ciclo burbuja-crisis -la burbuja nos pilló cuando había que sentar la cabeza, buscar casa, fundar una familia, etc., con lo que fuimos víctimas de la subida de precios sin poder beneficiarnos, pues no teníamos nada que vender; peor aún lo tienen los que vienen detrás- me cabrea mucho que me metan en el mismo saco de quienes se aprovecharon con alegría.

Sigo con el libro: pone un énfasis excesivo en la crispación pública (prensa, declaraciones de próceres) y en el teatrillo de abrir las heridas de la Guerra Civil, sin decir una sola vez que a la hora de la verdad PP, PSOE, IU y nacionalistas siempre se pusieron de acuerdo para desactivar tribunales de cuentas, mecanismos de supervisión y demás instituciones que les hubieran podido controlar. Fuera de la caja de resonancia de los medios de comunicación, los españoles no estábamos precisamente insultándonos por las esquinas y sacando las pistolas en plan 1934.

Con este arranque, en pocas páginas tengo ya un nivel de cabreo y tensión arterial notable, poco propenso a aceptar licencias poéticas, y me encuentro con la descripción de su visita a la planta noble de Merrill Lynch en Manhattan, en la que siente cómo vibra el dinero por los acristalados pasillos y las órdenes de compra y venta en las pantallas (supongo que esto último a la vista de las visitas. Ya. En la planta noble). A esto añade una postura de falsa modestia de hombre sencillo al que es fácil engañar: "Creemos que ocupan posiciones tan elevadas de poder porque son muy inteligentes". En este punto ya pienso que en La Página Definitiva fueron demasiado generosos.

 Ávila, agosto de 2007. Siete años después, los edificios de la foto están en su mayoría vacíos, en un barrio fantasma. En aquel tiempo, la mayor parted de las construcciones en la ciudad terminadas tres y cuatro años antes estaban deshabitadas, y así ocurría en toda España, aunque Antonio no se diera cuenta.

Más adelante, Todo lo que era sólido mejora algo, pues cuenta experiencias personales desde su puesto de observación como administrativo en el ayuntamiento de Granada, a principios de los 80. Se deja de generalizaciones insultantes y de falsas modestias y se pone a contar lo que ve: supresión de los mecanismos de control, caciquismo, despilfarro, redes clientelares, exaltación de lo local, sumisión a a la iglesia católica, fastos... Culmina con sus experiencias en Nueva York, testigo como director del Instituto Cervantes de los "eventos" organizados por ciudades y regiones, a cada cual más caro, ridículo y absurdo.

La segunda mitad del libro vuelve a caer en picado, adoptando un tono de sermoneo que recuerda mucho a sus columnas en El País, de las que probablemente provenga buena parte del material (no me voy a poner a comprobarlo, el sufrimiento de uno también tiene sus límites). Es un compendio de recuerdos, no falta el 23-F, y unas bendiciones al 15-M.

Por si todo esto no fuera bastante, queda el capítulo de las omisiones. Coincido con él en que es mucho más culpable el partido "de izquierda", aunque ¿por qué no lo nombra? ¿Por qué no dice que ya desde principios de los 80 el PSOE montó el espectáculo que estamos disfrutando ahora, y que fue corregido y aumentado por los gobiernos sucesivos, cada vez con más gente a robar y pudiendo coger más dinero prestado?
También echo en falta comparaciones con otros países. ¿Acaso no hay opinadores groseros en Estados Unidos, que parece como si sólo hubiera crispación mediática aquí? ¿Por qué Gran Bretaña, Alemania, Francia, etc. no han acabado tan mal? De poco sirven doscientas páginas de sermón si no se señala ningún ejemplo a seguir.

Y, por supuesto, la omisión más flagrante: el reconocimiento de culpa, no como español ciego y tonto, como tú, lector, que no te enteraste de nada, sino como intelectual bendecido por el Sistema, y de qué manera: columna en el periódico oficialista, carguete en Nueva York, universidades de verano, premios y promoción hasta convertirle en uno de los más eximios autores del régimen... No he querido hacer sangre con el concepto "Cultura de la Transición" de la que es un destacado representante, pero es que no hace falta para poner a parir esta cosa que acabo de terminar.

No me gusta meterme con Antonio Muñoz Molina, varias de cuyas novelas he disfrutado y en algún momento releeré, pero esto ha sido excesivo. No puedo saber si es sincero o si se trata de un encargo de su editor para hacer caja gracias a la crisis con un rápido refrito de material de sus columnas en El País, pero el resultado es un baldón para todos los involucrados. ¿No tendría a nadie que le pudiera haber dicho "Antonio, por Dios, no publiques esto, que tus lectores no son tan bobos"? A lo mejor lo son, y, como dicen los americanos, he's laughing all the way to the bank.

2 de noviembre de 2014

Memorias del pasado rural

Luis Landero
El balcón en invierno

Tusquets, Barcelona, 2014
248 páginas

Poniendo como excusa el comienzo fallido de una novela con el argumento típico de Landero, protagonizada por alguien madurito pero ingenuo, el autor escribe un libro de memorias en su lugar. Alterna capítulos de la vida de sus padres y de su primera infancia en una alquería cerca de Alburquerque, con otros sobre su adolescencia en Madrid, en el barrio de Prosperidad.

Este libro reúne dos de mis temas favoritos. El primero son las descripciones no idealizadas de la vida campesina, prácticamente desaparecida de Europa Occidental. Una vida carente de comodidades y de seguridad, en contacto con la Naturaleza, en la que la gente consume lo que produce y desconfía de la autoridad o de los mercaderes. Mi autor favorito en este ámbito es desde hace mucho tiempo John Berger; creo que El balcón en invierno contiene algunos capítulos preciosos.

 Nunca he estado en Alburquerque, así que pongo esta foto de Zafra,
tomada en octubre de 2014

El segundo tema que disfruto leyendo son las narraciones en primera persona -memorias más o menos noveladas- de la gran transición del campo a la ciudad que vivió la generación de mis padres y que cambió este país para siempre. Como ejemplo siempre recuerdo El jinete polaco, para mí la mejor novela de Antonio Muñoz Molina. Aquí prefiero autores españoles, porque parte de la gracia que le encuentro son los detalles propios de los años 60 y 70 en España, tan distinta del resto de Europa por aquella época, mientras que la vida campesina, salvando las diferencias de clima y geografía, era universalmente similar, cambiando las ovejas por vacas, llamas, yaks o lo que tocase.

El balcón en invierno desarrolla ambos temas y les pone personajes, el propio Landero y su familia, con la ternura y la comprensión que cabe esperar. Se hace muy corto; me habría gustado que dedicase más espacio a la vida de sus padres y a la suya propia, y que no lo terminase de forma tan abrupta. Si en lugar de doscientas páginas hubiera tenido cuatrocientas, me habría gustado más: en mi caso, eso es todo un elogio.





12 de octubre de 2014

Y que no nos pase ná

Eric Schlosser
Command and Control: Nuclear weapons, the Damascus Accident, and the illusion of safety
(Mando y control: armas nucleares, el accidente de Damascus, y la ilusión de seguridad)

Penguin Press, New York, 2013
656 páginas

Las bombas atómicas que convencieron a Japón de que rendirse no era tan mala idea eran unos cacharros enormes, pesadísimos y montados de forma artesanal. Poco tiempo después, al comenzar la Guerra Fría y ponerse a producir armas nucleares por miles, envolverlas primorosamente en explosivos convencionales, detonadores y demás adornos, y empaquetarlas en bombas de aviación, minas, obuses, misiles y demás artículos pirotécnicos, los responsables trataron de asegurar lo siguiente:
  • Que las armas nucleares estuvieran listas para ser usadas de forma casi inmediata.
  • Que no estallaran accidentamente.
  • Que no se pudieran lanzar sin permiso.
Todo esto en un entorno de máxima tensión en el que había que estar alerta para detectar un ataque enemigo y ser capaz de responder en cuestión de horas.

Eric Schlosser, periodista de investigación famoso por Fast Food Nation, sobre la industria de la comida rápida, ha dedicado unos años a investigar cómo el alto mando americano organizó las fuerzas nucleares (el Strategic Air Command), y los resultados, normalmente en forma de incidentes de esos de ponernos a puntito de empezar el Juicio Final. Parece ser que en las democracias de verdad, y Estados Unidos, a pesar de sus defectos, lo es, el Estado tiene que responder a las preguntas de los ciudadanos, y el material "clasificado" (como secreto, se entiende) tiene que justificar esa clasificación o abandonarla. Vamos, algo muy diferente de lo que entienden por aquí por "transparecia", mis queridos co-súbditos.

De forma cronológica, Command and Control explica los requisitos a que tienen que enfrentarse, los medios, las batallitas entre organizaciones, personalidad de los líderes, relaciones con los gobiernos que se van sucediendo y los accidentes que se suceden. Todo en un ambiente de paranoia provocada por las mentiras sobre las fuerzas soviéticas (exageradísimas para que el Congreso aflojara la mosca) y el sustito del Sputnik. Me llamó mucho la atención el muy diferente ritmo de avances técnicos entre bombarderos, misiles y submarinos por un lado -en los años 50 ya estaban en servicio muchos modelos que siguen con nosotros- y las técnicas de comunicaciones y seguridad por el otro: en estos tiempos de redes de alta capacidad, satélites y fibra óptica parece mentira que no hace tanto tiempo el país más poderoso de la Tierra no fuera capaz de asegurar el contacto entre cuatro centros de mando.

Describe la figura del general Curtis LeMay, el encargado de organizar el Strategic Air Command y persona destacada al preparar la estrategia de agresión/defensa nuclear con varios gobiernos. Es mérito de Eric Schlosser hacer que las cuestiones organizativas, que podrían ser terriblemente áridas, sean capítulos que se disfrutan. Uno no puede dejar de acordarse de Dr. Strangelove y la Máquina del Juicio Final; ¿tendría Kubrik un topo dentro del SAC?.
Con cada gobierno, se repite la misma escena: el presidente, o su secretario de defensa (McNamara, Kissinger) reciben el SIOP, el megaplan de ataque/respuesta nuclear, que garantizaba la destrucción más bestia posible de todo lo que se moviera, sin medias tintas ni secuencia de escalación; Dr. Strangelove total, amigos. Tras la incredulidad de los políticos y el firme propósito de parar esa locura, las resistencias de los militares y las crisis cotidianas impiden cualquier reforma, y así hasta el siguiente presidente. El SIOP duró hasta 2003.

 Señal de refugio nuclear en Harlem, Nueva York, 2011

Eso de tener miles de cabezas nucleares, varias de ellas en estado de alerta, montadas en bombarderos que daban vueltas por el Ártico o Europa y repostaban en vuelo, provocó grandes momentos: aviadores que se equivocan de palanca y bomba de hidrógeno que sale rodando y rebotando por la pista, accidentes con explosión de la carga convencional que rodea al material fisionable, bases desalojadas a todo correr mientras un avión con varias bombas dentro arde sobre la pista... lo de Palomares, una de tantas, y no de las más gordas.

Y eso me lleva a hablar de la otra parte del libro: todo lo que he contado hasta ahora se alterna con la descripción pormenorizada de un desastre que tuvo lugar en 1980 en un silo de Damascus, Arkansas, donde habitaba un misilaco de más de 30 metros de alto y 150 toneladas, casi todo ello combustible muy tóxico e inflamable, llamado Titan II. Como para descansar de la pelea de turno entre el SAC y el Secretario de Defensa, Command and Control va narrando escenas del "incidente de Damascus": soldados y oficiales tratando de entender las alarmas, corriendo de un lado para otro entre puertas, barreras, escapes de emergencia y demás, conversaciones con la base, heroicidades, decisiones equivocadas, humo y alarmas por los pasillos, etc. Como en una película de nave espacial atacada por los aliens, vamos, y todo porque a un pobre hombre se le cayó una herramienta que rebotó e hizo un agujero en la pared del misil.
Para mi gusto, lo cuenta con demasiado detalle, aunque supongo que lo hace por verosimilitud, y para evitar acusaciones de simplificación que podrían perjudicar mucho a un libro como éste.

Unos cuantos misiles en el Museo del Aire y el Espacio de Washington DC. El Titan II es demasiado grande para caber ahí, estos son más modestos. Mayo de 2014.

El único aspecto de un libro tan largo que me ha molestado es la introducción biográfica cada vez que aparece un personaje, sea general, científico o sargento del arma de misiles intercontinentales. Parece como si Schlosser se sintiera obligado a meter unas pinceladas de humanidad contándonos que al teniente Johnson le gustaba la pesca o que el cabo Williams era un as del béisbol en el instituto: son párrafos que sobran, no hace falta ser un lector muy maduro para empatizar con esos pobres hombres que intentan saber qué está pasando entre el humo y las alarmas que inundan su silo subterráneo, y que se juegan la vida para que no acabe todo en una explosión de varios megatones.

Pese a este detalle, creo que Command and Control vale mucho la pena: tema interesante, bien investigado, y ágilmente contado: no espero más de un libro de no ficción. Muy recomendable.

Nota para el lector español: en este libro se cuentan muchas chapuzas y muchas cagadas, errores de todo tipo (de planificación, de diseño, humanos -que suelen ser consecuencia de los dos anteriores-). Sin embargo, ningún caso de corrupción del tipo "contratamos un Yak-42, nos embolsamos la diferencia y a vivir que son dos días" o de nepotismo flagrante como lo que tenemos en el CNI. Quizás gracias a eso hubo accidentes, pero no acabaron en hongo atómico seguido de ataque histérico a la Unión Soviética, contraataque y delicioso invierno nuclear.

2 de septiembre de 2014

Viaje muy poco respetuoso

Fernando Aramburu
Viaje con Clara por Alemania

Tusquets, 2014 (primera edición en 2010)
463 páginas

Clara, una mujer muy seria, culta y fina, vegetariana y casi abstemia -la pobre soporta muy mal el alcohol-, profesora en un colegio de Wilhelmshaven y novelista de escaso éxito, se toma un año sabático para escribir un libro de viajes. Por Alemania, por si había dudas.

Le acompaña su marido, del que sólo conocemos el apodo cariñoso de "Ratoncito". Amo de casa, nacido en algún país del sur de Europa y que lo dejó todo por amor, pero que es todo lo contrario de doña Clara: se pierde por hacer un chiste, le encanta comer y beber en abundancia, es forofo del Werder Bremen y le aburren los museos. Su cometido, además de resolver las cuestiones de orden doméstico, es hacer de chófer de la señora escritora y llevar a cabo los encarguitos que le van cayendo: fotografiar esto, comprar lo otro, mirar si en esa librería tienen sus libros... lo normal. En sus ratos libres se dedica a poner por escrito lo que les va pasando, espontáneamente, sin preocuparse de la corrección léxica, del estilo o de exquisiteces semejantes, pues total no lo va a leer nadie.

 Dresden, Mayo 2008.

Ratoncito y Clara visitan una serie de ciudades del norte de Alemania: Bremen, Hamburgo, Hannover, los montes Harz, la isla de Rügen y Berlín, y hay unas pocas descripciones de lugares, tradiciones y bonitas vistas, pero eso no es el meollo del libro. Tanto viaje y tanto sitio no son más que excusas para que conozcamos mejor a Clara, a quien el narrador tiene que manejar como si se tratase de un frasco de nitroglicerina, siempre a punto de hacer saltar todo por los aires. Poco a poco, hasta el lector más tarugo comprenderá por qué, aunque pasen más de la mitad del tiempo de morros, no sólo siguen aguantándose, sino que no pueden pasar más de un par de días separados.

Para evitar que tanta ternura pueda empalagar, un Fernando Aramburu en plena forma despliega toda su socarronería, regalándonos descripciones inolvidables de la familia de Clara y otros personajes secundarios. Del aluvión continuo de gansadas - "Viaje con Clara..." es de los libros que causan dolor de mandíbula- yo destacaría dos escenas antológicas: la degustación pormenorizada de ocho bombones surtidos, en el romántico cementerio de Worpswede; y el recorrido que el bueno de Ratoncito realiza por el barrio rojo de Hamburgo, movido por el deseo de ver algunas vulvas.

Ahí lo dejo. Léanlo.

22 de agosto de 2014

Vanessa Winship

Fundación Mapfre. Del 30 de mayo al 31 de agosto de 2014. Web de la exposición.

Un par de horas libres el viernes por la tarde. Para ver la de Cartier-Bresson (fotos que mucho me temo que ya he visto antes), también en Mapfre, hay que sacar la entrada con antelación, aunque es gratuita. Veo que a la vez organizan esta otra, prácticamente cruzando la calle, de una fotógrafa inglesa nacida en 1960. Bajo al sótano de un edificio oficinesco al lado del Tribunal Supremo (tranquilos, no me robaron la cartera).
Queda poco más de una semana para que termine, pero veo que después la llevarán a Valladolid, así que no es tarde para decirlo: no se la pierdan. Imágenes al estilo Cartier-Bresson, de temática callejera, sobre todo de los paisajes desolados del este de Europa y las orillas del Mar Negro. Muchos retratos, sobre todo de niños, todos brillantes. Las escenas urbanas también: un prodigio de composición.


 De la serie "Black Sea. Between Chronicle and Fiction"

Mi serie favorita: un grupo de fotografías que alternaban retratos de luchadores turcos, bien engrasados y vestidos sólo con un pantalón de cuero, con imágenes de chicas arregladas para salir, impecables aunque siguiendo modas un tanto atrasadas, en el muelle de alguna ciudad ex-soviética.

Lamentable captura de pantalla de la visita virtual que ofrece la fantástica web de la exposición. Insisto: mejor verlo en persona. Click para ampliar (no esperen milagros)

10 de agosto de 2014

La evolución, conectando neuronas

Steven Pinker
How the Mind Works (Cómo funciona la mente)

W. W. Norton & Company
New York, 2009 (primera edición 1997)
672 páginas

Hará un par de años, revistas, blogs, y demás pozos de inmundicia publicaban ensayos sobre la actual escasez de delitos violentos en los países ricos, comparando con esos mismos países hace unas cuantas décadas, o más aún si nos remontamos unos siglos. Como de costumbre, eso no era consecuencia de que los opinadores habituales se pusieran a explicar un fenómeno a la vista de todos, sino que en Estados Unidos se había publicado un libro, "The Better Angels of Our Nature", que estaba arrasando en ventas. El nombre del autor, corto y sonoro, se quedó almacenado en alguna de mis escasas conexiones neuronales, y cuando estas vacaciones un amigo me recomendó "How the Mind Works" se prendió el circuito y pensé, qué buena oportunidad de leer algo de este tipo. Con lo barato que lo ponen en el Kindle, además.

"How the Mind Works"  es pura divulgación científica, escrito con el objetivo de enseñar deleitando, y de paso que se venda mucho y ver llegar los dólares. Creo que cumple los tres requisitos: usa un lenguaje llano, ágil, salpicado de anécdotas y sazonado con buenas dosis de humor, al neófito en neurociencia le acerca un poco al estado del arte y la cuenta corriente del autor seguro que ha recibido una buena inyección de regalías que le deseo disfrute con salud, por bien ganadas.

Una vez cumplido mi objetivo de utilizar la bella palabra "regalías" en lugar de esa birria de royalties, paso a hablar del libro. Tras una larga introducción, expone la "teoría computacional de la mente", un modelo de procesamiento de datos, estructura de datos para representar conceptos (lo llama "mentalese", supongo que los traductores al español lo habrán llamado "mentalés" o algo parecido) y elementos de cómputo interconectados. La discusión de alternativas y su evaluación respecto a problemas o tareas comunes es para mí de lo más interesante del libro: qué explica mejor la inteligencia, si un modelo de dos capas de neuronas interconectadas masivamente o la existencia de capas 'ocultas' (no conectadas directamente a la entrada ni a la salida), y otro tipo de "decisiones de diseño" deducidas a partir de ingeniería inversa, que es lo que hacemos todos cuando tratamos de discurrir cómo son los planos de un instrumento cuando sólo disponemos del instrumento terminado. Encuentro la explicación de la inteligencia bastante convincente; sin embargo, cuando se pone a hablar de la consciencia ofusca los términos, echa una buena nube de tinta y cual calamar escapa nadando hacia capítulos más cómodos.


Rigi (Suiza), julio de 2014. Pinker también tiene una explicación de por qué nos gusta tanto este tipo de paisaje, verde y ondulado.

Pinker expone esta teoría computacional de la mente de forma fácil de entender al lector familiarizado con la electrónica digital o con arquitectura de ordenadores. Como buen libro de divulgación, introduce los conceptos básicos de forma que cualquier lector medianamente inteligente pueda seguir la cadena de razonamientos: máquina de Turing, redes neuronales, etc.

Un capítulo posterior aplica esta teoría a un problema concreto, el de la visión estereoscópica y todo el procesamiento que hacemos de forma inconsciente para poder agarrar las uvas de tres en tres, hasta que el ciego nos suelta la hostia. Al llegar a este punto (el final del capítulo, no el guantazo del ciego al Lazarillo), "How the Mind Works"  pega un giro radical y se pone a hablar de la evolución en un capítulo bastante prescindible, aunque supongo que en Estados Unidos, con tanto lacayo de la ultraderecha retorciendo y torturando términos en televisión puede hacer cierta falta; se trata de una introducción a los capítulos de psicología evolutiva que vienen a continuación.

Muy entretenida y más fácil de leer que los capítulos anteriores, explica muchos fenómenos del comportamiento humano: carácter, relaciones entre los sexos, dentro de la familia, etc. Aunque es un tema de "psicología pop" que aparece muy a menudo en el típico suplemento semanal, Pinker lo trata con cierta decencia, diferenciando bien lo que es explicación, normalmente basada en analizar como tal comportamiento pudo favorecer a nuestros antepasados en el contexto recolector-cazador, de lo que podría ser justificación, juicios morales ajenos al objetivo del libro. Pinker consigue manejar bien esta dualidad, lo cual es muy de agradecer.

El libro concluye con lo que probablemente sea el capítulo más flojo, una serie de reflexiones sobre el sentido de la vida y los límites del conocimiento humano. Vuelve sobre la consciencia, el reconocimiento del 'yo', y reconoce que sigue estando lejos de tener una explicación tan convincente como la inteligencia, que tan bien se describe con el modelo computacional.

A pesar del último capítulo, y de la desconexión entre las dos mitades del libro, creo que es un libro de divulgación muy recomendable: acerca al lector a una disciplina, la neurociencia, muy maltratada por charlatanes varios, por malos periodistas y por teorías acientíficas que se resisten a desaparecer, como el psicoanálisis. Pinker, con un sentido del humor que se despliega durante todo el libro, lo llama "la teoría hidráulica de la mente", con sus explicaciones basadas en presiones, válvulas, fugas e incluso reventones. Como perla, el argumento de que el incesto es un tabú evolutivo y no cultural, y mucho menos la represión del complejo de Edipo del otro pesado: sería la única prohibición sexual aplicada con éxito.

6 de julio de 2014

Cuatro días de paseo en torno al Posets

Hace una semana nos dimos una vuelta alrededor del segundo pico más alto de los Pirineos, el Posets o Llardana. Seguimos una ruta bien conocida y documentada, la Ruta de los 3 Refugios, a la que añadimos una etapa más para disfrutar de los bosques e ibones de altura.

Aunque no tiene ninguna dificultad "técnica" (en castellano "no es necesario escalar ni jugarse la vida más de la cuenta"), por las distancias y desniveles conviene tener un mínimo estado de forma. En algunos pasos es más que recomendable ponerse crampones para no bajar al valle más deprisa de lo que nos gustaría, por lo que añadimos un kilo y medio a nuestra ya pesada mochila. Y siempre la amenaza de que una tormenta convirtiera el camino en un suplicio, aunque nuestras constantes plegarias y sacrificios a los dioses consiguieron que llegáramos secos al final de cada etapa.

El mapa general: pinchar para ampliar. El largo desvío de la izquierda lleva del pueblo de Plan al refugio de Viadós, punto de partida, y sólo lo hicimos en sentido de bajada.

Etapa 1: del refugio Viadós al refugio Ángel Orús

Nos bajamos del taxi que nos había traído desde Plan, y nos ponemos a andar por un delicioso camino entre prados alpinos y bosques. Al poco rato, ya estábamos resoplando en la que probablemente fue la subida más dura de toda la ruta: la ascensión al Collado de Eriste (2880 metros; nunca un servidor había llegado tan arriba por sus propios pies). La bajada también tuvo su aquel, aunque con paciencia y tranquilidad llegamos al lujoso refugio de Ángel Orús, desde donde pudimos ver caer rayos, granizo y mucha agua durante unas doce horas seguidas. Calentitos y con un vaso de pacharán.
Recorrido de la primera etapa.

 El duro perfil de la etapa.

 Desde la terraza del refugio Ángel Orús, con las nubes cada vez de peor ceño.

Datos medidos con el GPS:
  • Distancia: 10,75 km
  • Duración: 6 h 30' [contando paradas]
  • Desnivel acumulado: 1225 metros

Etapa 2: del refugio Ángel Orús al refugio de Estós

Sin tener tanto desnivel como la anterior, la larga bajada unida a la mayor distancia, y quizá al cansancio acumulado, hicieron que fuera bastante más sufrida. Hubo que calzarse las sandalias para atravesar un par de arroyos, y los crampones para bajar el Collado de la Plana.
Lo más bonito de la etapa, el ibón medio congelado (Ibón de la Plana, cómo no) que dejamos a un lado justo antes de llegar a la mayor elevación.

  
El mapa de la segunda etapa.

  
 Perfil con predominio de bajada rompepiernas. El último tramo, paseo por el bosque en el valle de Estós.


Panorámica del Ibón de Plan. La foto no es mía, sino de uno de mis acompañantes. Como de costumbre, pulsar sobre la imagen para ver algo.

Datos medidos con el GPS (que va dando preocupantes señales de senectud, el pobre):
  • Distancia: 13,1 km
  • Duración: 9 h 11'
  • Desnivel acumulado: 918 metros

Etapa 3: del refugio de Estós al ibón de Perramó

El objetivo del día era tener un día de descanso en el que admirar las florecitas y los bichos, hacer muchas fotos y sestear, habiendo dejado la mayor parte del peso en el refugio de Estós.

Fracaso total: los datos hablan por sí solos.

Eso sí, subimos hasta un hermoso ibón y recorrimos el hermosísimo valle pirenaico de Estós por ambos lados. La excursión desde Benasque hasta el mismo refugio tiene pinta de ser una buena idea para hacer en un día de verano, sin todo el aparataje de subir montañas.


El recorrido de la etapa.

El extrañísimo perfil de la etapa, combinando subidas, bajadas, pérdidas de cobertura GPS e interpolación de puntos temporales a lo burro por la maldita costumbre de mi vetusto Garmin de no almacenar los 'timestamps' reales.

Bonitos reflejos en el Ibón de Perramó.


Datos medidos con el GPS:
  • Distancia: 17,3 km
  • Duración: 9 h 30'
  • Desnivel acumulado: 1168 metros

Etapa 4: del refugio de Estós a Plan

La última etapa fue la más larga, por el empeño en bajar andando hasta el pueblo de Plan, donde llega la carretera que nos une con la podrida versión de la civilización que disfrutamos en España. Como siempre, lo primero que toca es subir, esta vez por el valle de Estós hasta el collado de Chistau, observados por unas marmotas de lo más tranquilo. La última parte se hace por un nevero que hace aconsejable colocarse los pinchos en las botas.

 La última parte de la subida al puerto de Chistau. El piojo que se ve en primer término es un servidor, y el fotógrafo, el mismo que hizo la foto del Ibón de Plan.

La bajada hasta el refugio de Viadós es por un sendero de lo más cómodo, nada que ver con los descensos de días pasados, mucho más divertidos (en el sentido de "salta de piedra en piedra con 15 kilos a la espalda"). Desde ahí hasta Plan, más de diez kilómetros de camino por un bosque en el que se ven todos los árboles del catálogo, pero que se hace un pelín largo. Luego, una cena reparadora en Barbastro, punteada por unos bostezos de esos que desencajan las mandíbulas.

Y con esto terminamos de rodear el Posets, llamado Llardana en Chistabín, el dialecto local.

Perfil cómodo, pero largo.

Para terminar, una vista del Posets desde el refugio de Viadós. El primer día subimos por el collado de la derecha, el último aparecimos por la izquierda de la foto.

Datos medidos con el GPS, y que demuestran que esta fue la etapa más paliza:
  • Distancia: 25,7 km
  • Duración: 10h 18'
  • Desnivel acumulado: 1294 metros

21 de junio de 2014

Castas extractivas y demás bienaventurados

Daron Acemoglu & James Robinson: Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity and Poverty (Por qué fracasan las naciones: los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza)

Crown Publishing Group, New York, 2012.
544 páginas.

Últimamente cada vez caen más libros de política en este blog, qué le vamos a hacer. Con lo bonito que sería estar convencido de que nuestros amados próceres no hacen sino pensar en el bien común, dejándonos a los demás disfrutar del producto de nuestro trabajo en contenidos culturales de naturaleza escapista... pero no, parece que cada día que pasa nos atracan de forma más descarada. En esta situación, este libro viene que ni pintado.

La tesis principal es bien conocida, pues este libro estuvo muy de moda hace un par de años: lo que determina la prosperidad de un país son sus instituciones. No la geografía, riquezas agrícolas o mineras, o la cultura, sino que la forma de legislar, de gobernar, cobrar impuestos y administrar los bienes públicos sea “inclusiva”, permitiendo que la mayor parte de la población (idealmente, toda ella) pueda disfrutar del fruto de sus esfuerzos. Lo contrario es que el país sea víctima de “élites extractivas”, concepto que este libro puso muy de moda.

Una vez expuesta esta tesis y refutados algunos argumentos en contra, el resto del volumen son ejemplos y más ejemplos a favor. Se mete mucho con mi querido Jared Diamond (de “Guns, germs and steel”) en mi opinión de forma bastante injusta, ya que Diamond habla más del surgimiento de las primeras civilizaciones, mientras que Acemoglu y Robinson se ocupan de sociedades mucho más desarrolladas. Es como si hubieran buscado un ‘hombre de paja’ al que atizar a gusto.




El concepto de élite extractiva, llevado al máximo.
Enna (Sicilia), septiembre 2011.

La lista de países cuya evolución institucional se utiliza como ejemplo es larga: Austria, el Imperio Otomano, Rusia, Australia, Sudáfrica, el Congo… en algunos casos es interesante y se aprende algo nuevo. En los casos más conocidos por un servidor, no se pasa de la simplificación necesaria en el proceso de síntesis, y a veces se pasa. Un ejemplo: se menciona la mejora en el sistema fiscal inglés tras la revolución Gloriosa de 1688, y se contrapone a la rapiña que hacían los españoles en América. Pues bien, ni en los años que más plata llegaba del Perú y de Nueva España esto llegó a superar al botín que los Austrias extraían de sus desgraciados súbditos del Reino de Castilla, gracias a su bien engrasado sistema fiscal. Esta omisión ayuda a sostener la tesis principal del libro, y me hace sospechar que probablemente habrá muchas parecidas en otros de los países escogidos como ejemplo, cuya historia desconozco.


Para los autores, la historia de éxito con que comparan todas las demás es la historia de Inglaterra, cómo las revoluciones del siglo XVII llevaron a una monarquía parlamentaria en la que las principales fuerzas del país estaban bien representadas: un sistema inclusivo, en el que predominó la negociación sobre el enfrentamiento, y que fue capaz de dar cabida a las nuevas fuerzas económicas y sociales que surgieron durante la Revolución Industrial. Este modelo se extiende también a los asentamientos colonizados por población blanca: Estados Unidos, Canadá, Australia. 

Hay ejemplos clarísimos de cómo unas instituciones extractivas, dedicadas a sacar todo lo posible de los desdichados habitantes del país, son un freno para el progreso no sólo de las víctimas, sino del país en general. Las élites extractivas están tan interesadas en mantener el statu quo que prefieren prohibir avances económicos porque podrían poner en riesgo su posición dominante: por ejemplo, ahí tenemos al ultraconservador Fernando II de Austria haciendo todo lo posible para impedir la industrialización de su desgraciado imperio. La historia de España, que ponen como ilustración contrapuesta a Inglaterra (siendo Castilla e Inglaterra países no muy distintos en la Edad Media), es un perfecto ejemplo de lo que supone la rapiña por parte de quienes dominan el cotarro.

La principal conclusión tras leer el libro es que es tontería separar la economía de la política, y aquí lo dejan bien claro. En general hacen un buen trabajo apuntalando de forma convincente su Leitmotiv, y un servidor, que estos días ha asistido al esperpento de pasar como herencia, junto con otros 46 millones de súbditos, de un Borbón a otro, con el aplauso y justificaciones vergonzosas de toda la élite extractiva, no puede menos que sacar conclusiones muy aplicables al Reino de España, anno domini 2014. Aunque no lleguemos al extremo de la mayoría de países africanos o de América Latina, esto no es Suecia, ni siquiera Francia.


Why Nations Fail también tiene algunos defectos: muy reiterativo, repite las mismas conclusiones una y otra vez. Es demasiado anglocéntrico, evitando mencionar países que han llegado a instituciones más inclusivas que las británicas: puedo pensar que Holanda es un caso muy parecido al inglés (pero que se produjo antes y en plena guerra), pero que no se mencione a los países nórdicos, que pasaron de una sociedad casi feudal a tener las instituciones más inclusivas que conozco, es una omisión grave.

30 de mayo de 2014

His Steveness

Walter Isaacson
Steve Jobs

Simon & Schuster, 2011
656 páginas

La biografía no es uno de mis géneros favoritos. Sin embargo, esta temporada ya llevo dos, y bien gordas: la de Gregorio Morán sobre Suárez, y ésta sobre el fundador de Apple.

Se trata de un trabajo autorizado por el biografiado, que proporcionó al autor acceso a familia, contactos y material, además de muchas entrevistas. Eso quiere decir que, por un lado, va a ser un trabajo bastante completo, y por el otro, que tenderá a ser elogiosa con el protagonista. En este caso, ambas características se cumplen: es muy minuciosa, y pelota a más no poder, sobre todo en los 15 años finales de la vida de Jobs.

Me puse a leer este libraco (no es para tanto: letra gorda y redacción muy simplona hacen que se pase volando) porque durante un largo viaje en avión quería algo de poco pensar, y porque la historia de los inicios de la informática personal siempre me ha interesado: recomiendo el magnífico documental Thriumph of the Nerds y webs especializadas como folklore.org o Low End Mac (enlazo a uno de los completísimos artículos sobre uno de los patanes que dirigieron Apple tras la expulsión de Jobs). Tengo gran interés en cómo en California la contracultura acabó produciendo la revolución de los ordenadores personales, un raro caso en que las acciones unos pocos individuos apartados de los centros de poder influyeron en las vidas de todos nosotros.

No es casualidad que los enlaces del párrafo anterior estén centrados en la historia del Mac. Mi relación con el cacharro comenzó el día de 1988 en que mis padres se pulieron una buena pasta en esto para que sus retoños se informatizaran; a pesar de sus limitaciones, daba sopas con honda a los PCs de la época. Tras unos cuantos años habitando el Lado Oscuro, sobre todo por culpa de los desorbitados precios de Apple, volví al redil cuando entre Internet, el paso a procesadores Intel y el fantástico Mac OS X hicieron que la compatibilidad con el resto del mundo dejara de ser un problema, y la diferencia de precio con la competencia mucho menos exagerada. En cuanto al resto de cacharros, me encantó el iPod de los tiempos de disco duro y sigo usando uno de sus descendientes, pero no he caído en las redes del iPhone y el iPad me parece decepcionante.

Como puede notar el lector, tengo ciertas referencias para comparar con lo que aparezca en el libro, algo muy útil en los capítulos finales, cuando el tono de alabanza sobrepasa todos los límites de la decencia: todas las mierdas que produce Apple son revolucionarias y fantásticas y maravigliosas, incluso intentos no muy dignos de ponerse al día con la competencia como el iCloud. Lo malo es que si dentro de unos años alguien que no lo ha experimentado personalmente se lee esta biografía, se lo acabará creyendo.

Otro marco de referencia que me interesaba verificar y al que asistí como víctima (estudiante de teleco) fueron las guerras de sistemas operativos de los años 90, cuando la apisonadora Microsoft destrozó a Apple y a IBM, y cómo sólo los esfuerzos combinados del resto de la industria (apoyando Linux y Java en el ámbito profesional, y financiando Mozilla) pudieron evitar que además de la informática personal se cargara también la web. Cerca estuvo.

 Palo Alto, cerca de la casa donde Steve Jobs vivió los últimos años. Marzo 2014.

Para decir algo sobre el libro: encargado y escrito durante los últimos años de vida de Steve Jobs, cuando el hombre veía que el cáncer no le iba a dejar mucho más tiempo, y publicado  poco después de su muerte, era evidente que se iba a convertir en un best-seller. Lo que encontré más interesante fueron los primeros capítulos, sobre todo esos años cruciales de primera juventud en que tras matricularse en la pequeña y carísima universidad de Reed (poniendo en apuros económicos a sus padres adoptivos, que estaban dispuestos a todo para que su Steve pudiera aprovechar su evidente potencial) abandona, encuentra un trabajo en Atari -le mandan al turno de noche porque nadie aguanta su hedor, el hombre está convencido de que al comer sólo fruta no necesita ducharse-, se va de peregrinaje por la India y acaba fundando Apple junto a Steve Wozniak, un verdadero prodigio de la técnica.

Es muy interesante asistir a los bandazos en su vida, a sus increíbles reflejos como empresario en ciernes, su indudable inteligencia, y probablemente algo de suerte. El biógrafo no se calla los conocidos defectos del carácter de Jobs: manipulador, desleal, cruel, despótico, y frecuentemente muy mala persona, de los que pronto se olvidan de los favores para clavar el puñal en la espalda y retorcerlo bien para que duela más; también ese famoso "reality distortion field" ('campo de distorsión de la realidad') con el que lograba convencer a casi todo el mundo, lo que explica que gente de reconocida inteligencia siguiera aguantando a tamaño gilipollas. En su lado positivo, su obsesión por la calidad, sus habilidades de showman y algo que me sorprende mucho para una persona sin formación académica y escasa exposición al mundo de la cultura: su extraordinario buen gusto. La contraposición con el eterno rival -"Bill Gates has no taste" - lo dice todo. Claro que Bill Gates no se empeñó en pulirse el dinero que no tenía en repintar la maquinaria de precisión de la fábrica y cargársela.
La primera mitad del libro, por tanto, me resultó muy amena y la devoré con gusto.

La segunda mitad, a partir de La Segunda Venida de San Jobs (cuando recupera el control de Apple), es infumable. Por un lado, porque es una historia mucho más conocida, y dedica demasiado espacio a chorradas que tuvieron mucha repercusión en la prensa, como el Antennagate. Por el otro, porque el tono hagiográfico sobrepasa todo límite: como apunté más arriba, Apple pare maravilla tras maravilla, Jobs transforma industrias como si nada. Se relaciona con ricos y famosos, y al pobre lector se le castiga con las carantoñas que Jobs hace con mandamases de empresas (Disney, Intel, Time Warner...) y gentes del espectáculo, como Bono. El nivel de detalle es excesivo, por ejemplo las excursiones con sus hijos, y el tratamiento de los poderosos es muy americano: si es rico, es bueno. Si se trata de un CEO desconocido para mí, le doy el beneficio de la duda, aunque mosqueado; pero cuando aparece en danza Rupert Murdoch, poco me faltó para tirar el libro por la ventana. También hay cosas que consiguen el efecto contrario: Jobs dando consejitos a Obama de cómo resolver la educación en dos patadas endosando un iPad a cada niño suena a cuñao arreglando el mundo en plena comida familiar, pero a Isaacson le parecen una prueba más del genio de Jobs.
Eso sí, el prota sigue tan abrasivo y cabroncete como antes, aunque ahora se le perdona todo. Luego llega su triste enfermedad, para la que el autoengaño no funciona y el transplante de hígado (a base de talonario, que el biógrafo trata de justificar en boca de cirujano mercenario, eh, todo legal) llega tarde.

En resumen: entretenida la primera parte, una mierda la segunda. En cuanto al nivel "literario", no aguanta ninguna comparación con la biografía de Suárez. Mientras que Gregorio Morán tiene cierta gracia y variedad de vocabulario, Walter Isaacson es un coñazo, soso y aburrido hasta decir basta. Y no puedo pensar eso de "a lo mejor fue culpa del traductor", pues lo leí en inglés.

4 de mayo de 2014

Adolfo

Gregorio Morán
Adolfo Suárez, ambición y destino.

Debate, 2011
640 páginas


Aus so krummen Holz, als woraus der Mensch gemacht ist, kann kein ganz Gerades gezimmert werden

Immanuel Kant 

Gregorio Morán (Oviedo, 1947) es un veterano periodista que actualmente escribe para La Vanguardia. Muchas de sus columnas están disponibles en la web de opinión Caffe Reggio. Le descubrí, como tantas otras cosas buenas, a través de La Página Definitiva, y, aunque no estoy de acuerdo con mucho de lo que escribe, como esa profunda animadversión hacia Frau Merkel y Alemania en general, disfruto leyéndole. Aquí tienen ustedes una larga entrevista, con espacio suficiente para hacerse una idea de su agilidad mental y su audacia a la hora de contarnos lo que ocurrió, a diferencia de tanta vaca sagrada del periodismo patrio.

Aunque yo llegué un poco tarde para conocer a Adolfo Suárez en sus buenos tiempos y sí pude ser testigo de la triste etapa del CDS y de su lamentable final, el hecho de haberme criado en Ávila hace seguramente que sea un personaje mucho más presente para mí que para la mayoría de mi generación. El carnaval que prepararon su hijo y la caterva que nos gobierna en torno a su agonía, esas obscenas alabanzas finales pronunciadas con la habitual jeta de cemento armado por quienes en vida hicieron todo lo posible para hundirle, junto con la curiosidad por leer algo más sobre esa Transición que ha parido un sistema político tan corrupto y difícil de reformar, me empujaron a hacerme con una copia digital de Adolfo Suárez, ambición y destino, que para eso cuesta la tercera parte que el tocho de papel. Tenía además muchas ganas de leer algo más que una columna de Gregorio Morán.

El libro está dividido en dos grandes partes y un pequeño epílogo. La primera parte cuenta los años cruciales que transcurren entre la muerte de Franco y el golpe de Estado del 23-F, en que un político desconocido preside la archifamosa y mil veces benedicta Transición. Gregorio Morán es ideal para describir esas maniobras magistrales de don Torcuato Fernández Miranda para aprobar la Ley de Reforma Política y para imponer a un Presidente del Gobierno en teoría fácilmente manipulable, el cual desarrolla cierta voluntad propia y desvía el curso de los acontecimientos. Para el autor ese dogma -tantas veces enunciado en casi todos los medios de comunicación y por casi todos los políticos- de una Transición modélica no existe, y es de agradecer, pues muchos de los resultados se entienden mejor como consecuencias de improvisaciones y decisiones con la vista puesta en el muy corto plazo.

También es muy de agradecer que no se muerda la lengua a la hora de calificar a los personajes que tanta influencia tuvieron en este sistema cojo y corrupto que nos toca aguantar y sostener con el fruto de nuestro trabajo: rey, ex-ministros franquistas, meapilas falaces duchos en aplicar la puñalada en la espalda, líderes de la oposición dispuestos a venderse por nada, militares felones... los casos de Tarradellas y de Leopoldo Calvo Sotelo son buenos ejemplos.

Me puedo imaginar muy bien el cabreo mayúsculo de quienes creían que el Poder era suyo por nacimiento cuando se les coló un advenedizo sólo porque era más listo y más trabajador que ellos. Esa alta burguesía, sobre todo madrileña, que considera de su propiedad el Estado y las grandes corporaciones del capitalismo-BOE, para la que los demás somos súdbitos, y que sigue tan bien representada en los dos partidos mayoritarios. Tardaron poco en arreglar el fallo, haciéndole la vida imposible y capaces de dinamitar el sistema si hacía falta, hasta llegar a un golpe de Estado en el que el papel del rey está cada vez más claro...

 Una encina muy dramática. Ávila, 2014.

La segunda parte es mucho más biográfica: son los años de formación y ascensión del personaje, desde su nacimiento en Cebreros hasta convertirse en un candidato a los más altos puestos del aparato de propaganda del régimen, pasando por una lista interminable de cargos en la bizantina organización del Movimiento Fascista y del MiniTrue (digo, Ministerio de Información y Turismo), saltando de protector en protector.

Suárez aparece como trepa impenitente, muy malo para los estudios (fracasa en las oposiciones, filtro para casi todo en el tardofranquismo, y es totalmente incapaz de aprender idiomas), pero muy hábil para la labor de pico y pala de ganarse la confianza del poderoso de turno. No conoce límites: como ejemplo le tenemos removiendo cielo y tierra para hacerse con un apartamento de veraneo contiguo al del ministro Camilo Alonso Vega.
Es la parte que justifica la cita del principio de esta reseña: cualquiera que la lea no podrá hacerse una idea demasiado elevada del personaje, capaz de todo por medrar, usando amistades y cargos siempre en su beneficio con un descaro monumental.

El contexto dentro de su hábil navegación por entre los cargos del Movimiento es la lucha sorda entre falangistas y Opus Dei, muy bien resumida en esta serie del blog Historias de España. Tanta profusión de nombres, corrientes y anécdotas se hace a ratos un tanto farragosa; aunque ilustran muy bien esa época corrupta y sombria, un poco más de síntesis habría sido de agradecer. De lo que no hay duda es que el lector se puede hacer una idea muy completa de la época y del personaje: algo que por ejemplo yo no sabía es que, a pesar de que el interés de Adolfo Suárez por el dinero era simplemente como medio para lo que de verdad era importante, el Poder con mayúscula, también estuvo envuelto en casos de malversación del dinero de todos.

Finalmente, la tercera parte, tan breve que más bien parece un epílogo, cuenta la travesía del desierto con el partido que Suárez fundó tras ser expulsado de la presidencia del Gobierno, hasta disolverse entre pactos con el enemigo, financiaciones oscuras y amigos de mala reputación. Al igual que la segunda me pareció muy larga, aquí si he echado en falta algo más de extensión, entre otras cosas para poder compararlo con mis recuerdos probablemente fragmentarios e inexactos, pero me he quedado como estaba.

Gregorio Morán no se asusta a la hora de calificar a muchos personajes que pululan por este libro como se merecen: hay muchos felones, farsantes, imbéciles y malasombras que hicieron todo lo posible para que ahora disfrutemos de este sistema político tan caciquil y corrompible. Ahorra calificativos a Suárez, porque como es lógico hay material de sobra para que el lector pueda llegar a sus propias conclusiones. No les aburriré con las mías, aunque digamos que soy de los que piensa que sobran homenajes y falta información veraz sobre el pasado reciente de este país.

He disfrutado leyendo este libro y lo recomiendo sin reservas, aunque en una obra tan larga también hay algunos defectos, que podrían haberse corregido con algo más de trabajo de edición: algo tan periodístico como el uso excesivo de frases hechas (llegó un momento en que empezaba a ganar las apuestas contra mí mismo en plan "verás como ahora suelta lo de segar la hierba bajo los pies") y manías personales, como esa contra los "gallegos ejerciendo de gallegos", que deja de tener gracia a la tercera o cuarta mención.
Y ese pecado original de nacer en una provincia pobre, "ser de provincias", que al parecer no se lava ni con sangre.

16 de abril de 2014

Josef Albers. Medios mínimos, efecto máximo

Fundación Juan March. Del 28 de marzo al 6 de julio de 2014. Web de la exposición.

La escuela Bauhaus de artes y oficios duró solamente 14 años (1919-1933). Su influencia, a través sobre todo de Norteamérica, sigue siendo abrumadora: en arquitectura, pintura, mobiliario, diseño gráfico, y en lo mejorcito del diseño industrial: relojes, estilográficas, tipografía, aparatejos variados.

La Fundación Juan March, muy centrada en "los clásicos modernos", organiza muy a menudo exposiciones de las grandes figuras de la Bauhaus: Paul Klee, Kandinsky, Moholy-Nagy... ahora le toca el turno a Josef Albers (1888-1976), que fue profesor en la famosa escuela antes de emigrar a Estados Unidos cuando los nazis, con el buen gusto que les caracterizaba, cerraron la Bauhaus por "anti-alemana".

Dentro de mi infinita ignorancia, no conocía yo al señor Albers, con lo que mi visita a la exposición ha sido fundamentalmente didáctica. Nada más entrar, me encontré con abstracciones como las que vemos colgadas en las salas 'nobles' de cualquier gran corporación, al más puro estilo mid-century como en Mad Men. En el artículo de la Wikipedia enlazado en el párrafo anterior se mencionan unos cuantos murales en rascacielos de Manhattan.

Aquí, haciendo de profeta en su tierra (póstumo, no se vuelvan optimistas sin motivo). Véanse los "Homenajes al cuadrado" más abajo.

Combinaciones de colores y formas sencillas en composiciones dinámicas pero no demasiado bruscas, movimientos o cadencias de lo más tranquilo. Las formas y los colores también refuerzan esa sensación de armonía: diedros, planos doblados en ángulo recto, muy pocas figuras curvas. Sería muy sencillo describir buena parte de sus pinturas en plan gráfico vectorial, con unas pocas coordenadas y colores.

Según avanza cronológicamente la exposición, las pinturas cada vez muestran menos elementos, hasta llegar a la enorme serie de Homenajes al cuadrado: la misma composición de cuatro cuadrados, cada uno dentro del anterior, en la que sólo cambian las combinaciones de colores. ¿Aburrido? Un poco a lo mejor sí, pero no vean con qué paz salí a la calle después de verlo...


 Uno de los muchos Homage to the Square. Éste es de 1959 y está en el Guggenheim, que tiene una web excelente.

Otra serie que me llamó la atención, Never Before, repite la misma composición geométrica sencilla, también cambiando únicamente los colores. En este caso, la relación de luminosidad se mantiene, cambiando los tonos, de tal forma que si viésemos todos los cuadros en blanco y negro serían extraordinariamente parecidos: los buenos fotógrafos en blanco y negro son capaces de ignorar la tonalidad para percibir ese tipo de relaciones de luminosidad. No es casualidad que Albers fuera un gran estudioso del color.

Josef Albers. Parte de la serie Never Before (1976)

La exposición también contiene unas pocas piezas de mobiliario. Una de ellas, Armlehnstuhl ti 244, de 1928, es sorprendentemente similar a la silla/tumbona Poäng de Ikea, tan deudora de la Bauhaus. Y tan barata.

Si pasan por Madrid, no dejen de ver esta exposición. Como lección de estética de la forma y el color, no tiene precio.

31 de marzo de 2014

De poetas

Fernando Aramburu
Ávidas pretensiones

Seix Barral, Barcelona. 2014
411 páginas


Tómense dos docenas largas de poetas, enciérrense en lugar apartado y retírense ustedes a observar desde un lugar seguro. Con contar más o menos bien lo que pase, ya tienen ustedes para escribir un libro.

Este es el planteamiento de la última novela de Fernando Aramburu. Lo más granado de la poesía española contemporánea se reúne en una casa de ejercicios anexa a un convento, en alguna anónima sierra del interior, para celebrar unas Jornadas Poéticas. Los hay metafísicos y realistas, heteros y homosexuales, alcohólicos y drogadictos, muchos más hombres que mujeres, y todos arrastran viejas deudas y rencillas con tendencia a explotar en cualquier momento, además de rivalidad muy enconada, propia de un arte donde sólo hay sitio para muy pocos. Con estos ingredientes, puede pasar de todo. Pasa de todo.

Sierra de Montellano (Sevilla), febrero 2011
Probablemente un paraje mucho más hermoso que el lugar donde transcurre la novela, pero es lo que había por mi disco duro. Click en la foto para verla en todo su esplendor.

Aramburu, tras disponer unos ingredientes tan prometedores, los cocina con su estilo habitual, que prácticamente garantiza una risotada por párrafo. Los poetas se reúnen, se lanzan pullas, se hacen putadas o simplemente les ocurre alguna desgracia que otra: no hay descanso ni piedad. Son tantos, que yo a veces confundía a uno con otro o tardaba un poco de tiempo en recordar cuál era su rasgo distintivo (el ciego/el que estuvo en la cárcel/la lesbiana gótica/el viudo solitario/etc.), y las anécdotas se amontonan de tal manera que llega un punto en que uno ya simplemente va procesando una tras otra.

Ésa es la mayor debilidad de "Ávidas pretensiones": le falta un hilo conductor que dé sentido a la novela. Como diversión es perfecta: las descripciones del ambiente y de los personajes, sus retratos sin piedad, el lamentable estado de la poesía y de quienes la practican, reducidos a unos gorrones con extremada sensibilidad para detectar ofensas, y fenomenal memoria para no olvidar ninguna. Pero a mí me habría gustado tener unos pocos personajes con más peso, saber algo más de su desgraciada vida (mejor dicho, regodearnos más de su fracaso). Aunque me lo he pasado como un enano leyéndola, disfruté mucho más con "Fuegos con limón" o con "El trompetista del Utopía".