2 de enero de 2016

El cine en 2015

Continúa la serie comenzada en 2012 y proseguida en 2013 y en 2014. 2015 fue un año algo más flojo, con bastante mediocridad pero también algunas joyas como What we do in the shadows o Loin des hommes. Como siempre, consideren esto como lo que es: una lista que antes estaba en una hoja de papel, ahora en el móvil, y que relleno justo al terminar cada película: reacción en caliente, sin pensar demasiado, que no corrijo aunque al repasarla me pregunte, por ejemplo, qué hacen Mortadelo y Filemón en la lista de películas decentes. Pues miren, si al verla me lo pareció, ahí se queda.




Buenas: terminé muy contento después de ver la película.
- Whiplash (Damien Chazelle, 2014)
- Kill the messenger (Michael Cuesta, 2014)
- La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014)
- Gone girl (David Fincher, 2014)
- A most violent year (J.C. Chandor, 2014)
- Nightcrawler (Dan Gilroy, 2014)
- What we do in the shadows (Clement and Waititi, 2014)
- ’71 (Yann Demange, 2014)
- Relatos salvajes (Damián Szifron, 2014)
- Loin des hommes (David Oelhoffen , 2014)

Decentes: me meto en la historia, llega a interesarme pero no salgo entusiasmado. Eso sí, pasé un buen rato y no tuve la impresión de haber perdido el tiempo.
- Coherence (James Ward Byrkit, 2013)
- Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014)
- Leviatán [Левиафан] (Andrei Zvyagintsev, 2014)
- The two faces of January (Hossein Amini)
- Pride (Matthew Warchus, 2014)
- The Homesman (Tommy Lee Jones, 2014)
- Men, women & children (Jason Reitman, 2014)
- Wild (Jean-Marc Vallée, 2014)
- St. Vincent (Theodore Melfi, 2014)
- The Gambler (Rupert Wyatt, 2014)
- Rosewater (Jon Stewart, 2014)
- Mortadelo y Filemón contra Jimmy El Cachondo ( Javier Fesser, 2014)
- Faults (Riley Stearns, 2014)
- Rich Hill (Andrew Droz Palermo & Tracy Droz Tragos, 2014)
- Kingsman: The secret service (Matthew Vaughn, 2014)
- Gemma Bovery (Anne Fontaine, 2014)
- Everest (Baltasar Kormákur, 2015)
- The Age of Adaline (Lee Toland Krieger, 2015)
- Mr. Holmes (Bill Condon, 2015)

Flojas: pasé un rato entretenido, como mucho, pero habría sido mejor dedicarme a cazar piojos o a sacar brillo a la plata.
- Alan Partridge: Alpha Papa (Declan Lowney, 2013)
- The Invitation Game (Morten Tyldum, 2014) - sumamente cabreante
- Fury (David Ayer, 2014)
- Terms and Conditions May Apply (Cullen Hoback, 2013)
- The Overnighters (Jesse Moss, 2014)
- Dear White People (Justin Simien, 2014)
- The Babadook (Jennifer Kent, 2014)
- Mr. Turner (Mike Leigh, 2014)
- Last days in Vietnam (Rory Kennedy, 2014, documental)
- Red Army (Gabe Polsky, 2014, documental)
- Eastern Boys (Robin Campillo, 2013)
- Die Lügen der Sieger (Christoph Hochhäusler, 2014)
- Hin und weg (Christian Zübert, 2014)
- Danny Collins (Dan Fogelman, 2015)
- Inside Out (Pete Docter, 2015)
- Carmina y Amén  (Paco León, 2014)
- Escobar: Paradise Lost (Andrea diStefano, 2014)
- Inherent Vice (Paul Thomas Anderson, 2014)
- Mad Max -Fury Road (George Miller, 2015)
- Love & Mercy (Bill Pohlad, 2014)
- The Falling (Carol Morley, 2014)
- The Wolfpack (Crystal Moselle , 2015)

Horrendas: total y absoluta pérdida de tiempo. Vaya mierdas.
- The trip to Italy (Michael Winterbottom, 2014)
- The Riot Club (Lone Scherfig, 2014)
- Listen up Philip (Alex Ross Perry, 2014)
- Maps to the Stars (David Cronenberg, 2014)
- While we’re young (Noah Baumbach, 2014)
- San Andreas (Brad Peyton, 2015)
- Tomorrowland (Brad Bird, 2015)
- Minions (Kyle Balda y Pierre Coffin, 2015)
- The Humbling (Barry Levinson, 2014)
- Trainwreck (Judd Apatow, 2015)
- Dope (Rick Famuyiwa, 2015)

26 de diciembre de 2015

La psicología pop en exceso sienta mal


Steven Pinker
The better angels of our nature: Why violence has declined
(Los ángeles que llevamos dentro: el declive de la violencia y sus implicaciones)

Viking, New York. 2011 
802 páginas 
A pesar de lo que podamos pensar tras ver alguno de los horrendos noticiarios de cualquier televisión española (los americanos no son mucho mejores), los que tenemos la suerte de vivir en cualquiera de los países ricos o incluso en muchos de los no tan ricos disfrutamos de una sociedad en la que la violencia física se ha convertido en algo excepcional, comparada sobre todo con cómo éramos en el pasado. 
Los mayores de 30 años podemos incluso comparar con nuestra propia experiencia y observar cómo la tasa de delitos violentos es ahora mucho menor que durante nuestra infancia, tras las décadas en que las drogas duras y cierta tolerancia con la delincuencia aconsejaban prudencia a la hora de pasear por ciertos lugares o de mostrar en público juguetes caros.

“The better angels of our nature” analiza el fenómeno del declive de la violencia, exponiendo cómo eran las sociedades humanas en términos de violencia y estudiando una serie de hipótesis sobre sus causas. Para mí es un tema de lo más interesante, así que me puse a leerlo con mucho entusiasmo.

El libro empieza muy bien, contándonos cómo eran las sociedades antiguas, empezando por las cazadoras-recolectoras: la altísima probabilidad de morir violentamente en esas idílicas tribus con taparrabos que salen en los documentales de la tele (ya comentada en “El mundo hasta ayer” de Jared Diamond, reseñada en este mismo bloj), para disminuir algo en el violentísimo mundo clásico del circo romano y la esclavitud como sistema económico por defecto, pasando por la plácida existencia medieval bajo señores de la guerra, invasiones mongolas y martillos de herejes varios, hasta evolucionar hacia la pacífica sociedad postindustrial y políticamente correcta. Se le quitan a uno todas las tentaciones de nostalgia.

Pelourinho o rollo, Estremoz (Alentejo), mayo 2015.
Además de servir para gloria y ornato de la plaza, aquí se exponían las cabezas de los ajusticiados y se administraban los latigazos y demás mesurados y proporcionados castigos.

Steven Pinker, profesional de la escritura de best-sellers de ciencia pop y ya leído en estas páginas, utiliza todas sus habilidades para que la lección entre con placer y aprovechamiento. Pero según vamos progresando y las páginas empiezan a contarse por centenares, empiezo a encontrar cosas que no me
Una de ellas es la excesiva longitud del libro, provocada en gran medida por la reiteración de fenómenos muy similares, pero a los que dedica un capítulo a cada uno, que son prácticamente fotocopias del anterior. Me refiero a los análisis de la disminución de la violencia contra las mujeres, los niños, los animales, los homosexuales… todos ellos englobados en “la revolución de los derechos”. Un poco de generalización y síntesis habría evitado leer el mismo capítulo cuatro o cinco veces.

El otro aspecto que no me gustó en absoluto fue el análisis histórico de guerras y genocidios: la parte de la “violencia” que sí viene en los libros de historia. Para empezar, es algo que podría haberse omitido, porque la violencia al por mayor relacionada con las guerras se puede separar muy bien de los comportamientos “normales” en una sociedad, como son la esclavitud, tortura y pena de muerte, asesinato del extraño, educación a base de mamporros, etc. Luego, porque esa curva descendente que resulta tan evidente en el caso de la violencia “social”, en el caso de las guerras no está tan clara, y requiere de unas aburridísimas listas (“número de conflictos” a lo largo del tiempo) y de unas farragosas justificaciones que para mí son el síntoma de que lo que se quiere demostrar no acaba de ser del todo cierto. Me dio la impresión de que todo descansa sobre la “larga paz” disfrutada en Occidente desde el fin de la II Guerra Mundial, algo que con perspectiva histórica puede acabar resultando una anomalía.

Pero lo peor de todo este análisis histórico es que es terriblemente parcial, y tiene un sesgo ideológico que apesta a diez leguas. Mientras que las reflexiones de Pinker sobre sociedades, biología, comportamientos, etc. son más o menos aplicables universalmente, cuando se mete en imperios y batallitas tiene una visión muy sesgada (sólo cita historiadores de procedencia anglosajona, de una ideología muy determinada), con muy poco respeto por los hechos. A veces es muy simplista (ventila la Guerra de los Treinta Años como pura guerra de religión, y eso en un libro que dedica docenas de páginas a episodios mucho menores es imperdonable), pero lo que más me cabrea es el criterio neocon muy en plan Fukuyama y su “fin de la historia” con el que mide los distintos episodios. Pinker sostiene que, aunque ha habido guerras siempre, para liquidar millones necesitas una ideología. Eso, que tan bien se adapta a las atrocidades de Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot, no explica demasiado bien las barbaridades de Genghis Khan y otros caudillos del pasado.

En la narrativa “progreso = disminución de la violencia” que va mejorando la vida a lo largo de los siglos, habla por supuesto de la ilustración, donde mete una visión muy anglosajona -la ilustración según él tuvo raíces principalmente inglesas, y luego algunos franceses oportunistas se apuntaron al carro-, critica duramente a la Revolución Francesa, dejando en segundo término que supuso el fin del Antiguo Régimen en casi toda Europa y el reconocimiento de los derechos humanos. Luego adjudica la reacción romántico-conservadora a los alemanes, ignorando el enorme apoyo que tuvo, y sigue teniendo, en Gran Bretaña y en Estados Unidos. Pero lo que ya es para ponerse a dar gritos es poner al socialismo en la lista de ideologías romántico-reaccionarias frente a la Ilustración: ¿sabe lo que es? ¿en qué se basa? ¿este hombre se ha molestado en ir más allá de la definición de "socialismo" de la derecha americana à la Fox News?. A la hora de cargar muertos al marxismo, le añade el nazismo (así, a lo grande) y las masacres anticomunistas del Tercer Mundo.

Aquí tenemos a un hipster ejerciendo la violencia sobre un animalito.
Madrid, Museo Arqueológico. Febrero 2015.

A partir de este capítulo no me pude tomar el libro en serio, y eso que todavía me quedaba casi la mitad. Pinker, para tratar de explicar la disminución de la violencia, repasa una larga serie de justificaciones biológicas, evolutivas, psicológicas, para proceder a desmontarlas una por una. En el proceso, se mete en una orgía de psicología pop en la que no falta ninguno de los experimentos famosos (el de Stanford, el de Milgram, etc.) ni ese lugar común en todo articulillo de Politikaun, el dilema del prisionero. Para mí, una forma de llenar otras doscientas páginas con asuntos relacionados marginalmente con el tema central del libro. De vez en cuando con alguna salida de pata de banco, sobre todo cuando habla de la historia. Ejemplo: para ilustrar que el comercio disminuye los enfrentamientos, habla de cómo Suecia, Dinamarca, Holanda y España dejaron de guerrear en el siglo XVIII, transformándose en estados de comerciantes. Sí, claro. El hecho de que no hicieran más que coleccionar derrotas no tuvo nada que ver; y el único estado comerciante de la lista, Holanda, ya lo era desde mucho antes, en guerra continua hasta que le tocó perder. Considerar a los otros tres “estados de comerciantes” dice muy poco de los conocimientos de Pinker, de su editor y del robot que encuadernó los libros.

Cuando se mete en explicaciones psicológico-economicistas aparecen correlaciones fantásticas. El colmo llega cuando nos suelta una teoría haciendo equivaler los comportamientos de poco autocontrol (esos niños capaces de esperar para llevarse dos caramelos en lugar de uno) con los tipos de interés y lo ilustra con las tasas de arriendo de la tierra en Inglaterra. El bajón del siglo XIV, uno de los más violentos, que destaca en la gráfica y lo cambia todo, ¿no necesita explicación?

En el sermoncete final vuelve a las teorías iniciales, por otro lado las más evidentes, que relacionan el declive de la violencia con la tendencia a extender la civilización y los derechos de ciudadanía, los progresos en las prácticas jurídicas y la mayor prosperidad material. Menos mal.

Aunque en un libraco tan gordo siempre se aprende algo -por ejemplo: un servidor descubrió la gigantesca figura de Cesare Beccaria, al cual le deberían dedicar todas las calles y plazas actualmente nombradas en honor del general Espartero, por decir alguno-, no puedo recomendarlo, contiene demasiadas falsedades (no voy a ser tan generoso como para llamarlas "errores"). La fea cara del mainstream “liberal” americano, tan conservador cuando se pone en duda la propiedad de los medios de producción.

21 de septiembre de 2015

Perfidia a remo y a vela

Roger Crowley
City of Fortune: How Venice won and lost a naval empire (Ciudad de fortuna: cómo Venecia ganó y perdió un imperio naval)

Faber and Faber, London, 2011.
405 páginas

Emulando a Javier Marías, hace unos días me metí en una librería de viejo de Londres, a ver qué encontraba. Mucho libraco de arte y decoración, algo de poesía, mucho thriller, y una pared entera dedicada a la historia: cuatro estanterías dedicadas a la Segunda Guerra Mundial, y una a repartir entre la historia de Inglaterra y el resto. Tuve en mis manos una enorme Historia del Imperio Bizantino, de tamaño como un tomo de enciclopedia de unos cinco kilos de peso, pero lo dejé estar por las dudas de poder meter eso en la maleta. Luego vi esto, tapa dura, prácticamente nuevo, buen precio, y al saco.

Es la primera vez que leo algo de Roger Crowley, y no creo que repita. Aficionado al mundo mediterráneo, vive en Estambul y escribe sobre bizantinos, otomanos y venecianos. Más bien, sobre batallitas en las que participan los anteriores, y alguno más, haciendo de comparsa.

City of Fortune comienza con la Cuarta Cruzada, aquella en la que los muy cristianos caballeros se dedicaron a asaltar, saquear y destruir Constantinopla, dejando las puertas de  Europa abiertas a los infieles, y que aprovechó la ciudad-estado de Venecia para quedarse con una serie de puntos estratégicos para que sus flotas mercantes y militares pudieran aprovisionarse e impedir que sus competidores, los malvados genoveses, hicieran lo mismo. Luego continúa con los interminables enfrentamientos con su rival, Génova, en el Mar Negro y Constantinopla, que culminaron con el asedio de Venecia en 1380 y derrota definitiva de los ligures. Finalmente, aparecen los turcos y vuelven los asedios y las batallas navales, esta vez menos favorables para la Serenísima.

Venecia, mayo de 2009

Cien páginas dedicadas a la Cuarta Cruzada, otras cien a las batallas contra los genoveses y otras tantas a las de los turcos, dejando el resto para contar algo (poquito) sobre las rutas comerciales, los funcionarios coloniales y la aperreada vida de los cretenses y otros pueblos sometidos. Muy poco sobre la organización social de la ciudad (quiénes mandaban, cómo se elegía el dogo, quién pagaba impuestos, etc), nada sobre las relaciones con sus vecinos italianos, y absolutamente nada sobre cómo surgió el poderío de Venecia: en 1200, que es cuando comienza el libro, ya era el único estado con una marina capaz de transportar un ejército hasta las costas de Tierra Santa. ¿Cómo llegó hasta ahí? Te quedas con las ganas, lector.

En resumen: un libro de batallitas, ameno, que se lee en tres o cuatro días y tan lleno de lagunas que al terminarlo serás más o menos igual de ignorante que cuando lo empezaste. Sabiendo lo prolijos que son los artículos wikipédicos sobre batallas, podemos sustituirlo con la lectura de los artículos de la Cuarta Cruzada, las guerras contra Génova, la revuelta de Creta, la batalla de Chioggia, la guerra contra Mehmet II y, finalmente, la batalla de Zonchio. Una pena.

8 de agosto de 2015

De los Pares de Francia y sus batallitas

Barbara Tuchman
A distant mirror: the calamitous 14th century
(Un espejo distante: el calamitoso siglo XIV)

Random House, New York, 1987
784 páginas


Hace cosa de un año leí The guns of August, la magnífica descripción de la situación en Europa en el verano de 1914. Me encantó el tratamiento en profundidad y bastante equilibrado de cada contendiente, y sobre todo la prosa ágil y amena de la autora. Como devoto seguidor de libros de historia "popular" (quiérese decir: todo aquello con más texto que notas al pie), Barbara Tuchman pronto pasó a mi panteón de historiadores favoritos.

A distant mirror es una crónica del siglo XIV en Francia. Empezó el siglo como el país más poderoso de Europa, sobre todo el norte del país (Normandía, Picardía, Champaña): unas catedrales que todavía nos asombran, comercio floreciente, la universidad de París... y lo terminó con la mitad de población, el campo arrasado y las ciudades de capa caída. Las causas, además de la archiconocida Peste Negra, fueron la degeneración del sistema feudal y ese cataclismo que en uno u otro momento afligía a todos los países europeos: la minoría de edad de los reyes, que siempre se acababa traduciendo en interminables guerras civiles. Guerras de todos contra todos: la Guerra de los Cien Años, el interminable lío italiano, intervenciones en Alemania y en Castilla, alguna cruzada por eso del toque exótico... financiadas por los pobres campesinos. La especialidad francesa era perder las batallas campales (Crecy, Poitiers, Nicópolis) por la cabezonería de sus caballeros, empeñados en cargar lanza en ristre sin importar el terreno o la preparación del enemigo.
Cuando no había guerra tampoco había descanso, pues los nobles guerreros se dedicaban al saqueo y al expolio, dejándolo todo como un solar. Para más desconsuelo, todos acabaron en el infierno: tras el Cisma de Occidente, cada Papa había excomulgado a los seguidores del otro.

 Aquí, uno de los que trabajan, ilustrando el mes de diciembre.
Catedral de Chartres. Septiembre de 2013.

Para crear un hilo conductor, además de la estructura cronológica la autora se detiene en la biografía del barón de Coucy, Enguerrand VII, uno de los más destacados pares de Francia de la época. Otros protagonistas son los reyes de Francia (Carlos VI ¡el Loco!) e Inglaterra, los muy retorcidos Visconti de Milán (con representantes tan eximios como Gian Galeazzo), los duques de Borgoña, de Berry y de Anjou, siempre conspirando contra su propio rey, y mención especial a Carlos II el Malo de Navarra. Cómo tuvo que ser para destacar de esa manera entre tanta gentuza.

La mayor parte del libro está dedicada a las guerras, alianzas, traiciones, diplomacia sibilina, animaladas  y demás entretenimientos, aunque no se hace pesado gracias a lo bien que maneja Barbara Tuchman la narración, ágil y amena. Aunque las fuentes históricas hablan, por variar, de los ricos y poderosos, encuentra la forma de detenerse en la vida de la gente "sencilla": campesinos, artesanos y burgueses, y sus intentos de cambiar las cosas, reprimidos con un salvajismo frente al que los crímenes del ISIS parecen bromitas simpáticas. Encuentra sitio para describir las tendencias a largo plazo, de centralización del poder político y de desafección respecto a la Iglesia Católica, que tiempo después darán origen a la reforma protestante: por ejemplo, la influencia de John Wycliffe dejó el terreno preparado para, un siglo más tarde, la salida de Inglaterra del redil católico. También encuentra tiempo para los lujos, pompas y boatos de las ceremonias de aquellos muy cristianos príncipes, sin olvidar de dónde salían los dineros para pagar todo aquello.

Los reinos ibéricos sólo aparecen de forma periférica: lugares donde liarla cuando hay una guerra civil dinástica, tan de moda en la Baja Edad Media. La flota castellana, aliada de Francia, aparece dedicándose al robo y al pillaje de los puertos del sur de Inglaterra, y hace su aparición estelar el sin par Papa Luna, bueno, más bien antipapa. En descargo de nuestros antepasados, hay que decir que al convocarse una cruzada contra los almohades, el rey castellano mandó para casa a los caballeros franceses, pues el salvajismo de tan nobles señores era demasiado para lo que se estilaba por aquí.

 Un rey de Francia, en la catedral de Reims.
Septiembre de 2013.

A distant mirror es un libro recomendable para todo aquel interesado en la historia, no sólo la medieval, bien contada pero sin prescindir de cierto rigor. La estructura de la obra y las virtudes narrativas de la autora hacen que se lea casi como una buena novela: un caso casi paradigmático del prodesse et delectare a que todo autor debería aspirar. Requiere una buena inversión de tiempo, que las 700 páginas no se leen solas, por lo que no está de más saber que vale mucho la pena.

Si algún fan de fantasías medievaloides tipo Juego de Tronos o El Señor de los anillos cae por esta página, le recomiendo encarecidamente que lea este libro: tiene muchas más batallitas, peor gentuza (sí, peores que los orcos, que además no dejan de ser un trasunto de las clases proletarias) y para confirmar las campañas, asedios y fortalezas basta con darse un garbeo por Google Maps.
Ah, y si después de leer obras como esta todavía hay algún partidario de la monarquía que no sea por beneficiarse personal y directamente de ese momio, es que no ha entendido nada.

12 de julio de 2015

Las malas bestias, ¿nacen o se hacen?

Francisco Veiga
La trampa balcánica. Una crisis europea de fin de siglo.


Grijalbo. Barcelona, 1995. 398 páginas.



Debería haber leído este libro antes que La fábrica de las fronteras, pero uno se va enterando de las cosas de forma anárquica y aleatoria. En una nota en La fábrica de las fronteras, Francisco Veiga decía que ya había analizado las raíces económico-sociales de los enfrentamientos balcánicos en La trampa balcánica: veamos si es así.

La trampa balcánica fue publicado en 1995, cuando todavía no habían concluido las guerras de Croacia y Bosnia (episodios tan cruciales como la Blitzkrieg croata que reconquistó la Krajina y Eslavonia todavía no se había producido) y la de Kosovo no había empezado. Pero eso no le quita valor, ya que la prudencia de Francisco Veiga al realizar afirmaciones hace que no tenga que desdecirse de ninguna; más aún, la visión crítica ante el relato periodístico de las atrocidades yugoslavas tiene mucho más mérito en plena guerra que 20 años más tarde, cuando es mucho más fácil llevar a cabo un análisis reposado, para el que además se dispone de mucha más información. Por supuesto, para el relato completo de las guerras yugoslavas, lo ideal es recurrir a La fábrica de las fronteras.

El propósito declarado de este libro es analizar las causas profundas de las guerras civiles a las que se estaban dedicando los yugoslavos con gran entusiasmo mientras el profesor Veiga, historiador especializado en Europa del Este, lo escribía. No se limita a la antigua Yugoslavia, sino que estudia todos los países balcánicos: Grecia, Rumanía, Bulgaria, Albania y Yugoslavia, todos ellos surgidos de la descomposición del imperio otomano durante el siglo XIX. De forma cronológica, Veiga repasa la historia de los estados mencionados desde su independencia hasta la actualidad.

En cuanto a entretenida y absurda, me quedo con la historia de Grecia, y no sólo por haberse convertido en el país de moda al ser rescatado con un salvavidas de plomo: esa manía con meterse en guerritas contra los turcos una y otra vez durante todo el XIX, para que tuvieran que aparecer una y otra vez ingleses y franceses para evitar el desastre, darles un pescozón y hasta la siguiente. Y no han terminado: véase su ejemplar comportamiento con Macedonia, a la que no conceden ni un poquito de esa generosidad que piden al resto de Europa. En fin, que me voy por las ramas.

Una observación que Veiga no menciona es el paralelismo entre los estados balcánicos y los países aparecidos en África y Asia tras la descolonización: fronteras un tanto absurdas, ausencia de una clase dirigente mínimamente solvente, pues el país colonizador usaba la minoría étnica de turno para la administración y el comercio, inexistencia de centros de educación superior, y un corolario de guerras, golpes de estado y demás entretenimientos en las décadas que siguen a la independencia, con continua injerencia de las potencias extranjeras. Da la impresión de que la mayoría de los países necesitan un tiempo de masacres y desgracias hasta que las estructuras de poder se afianzan y se convierten en un factor de estabilidad, si los demás se lo permiten. Parece ser que en la mayor parte de África hay mucha gente empeñada en que tal cosa no ocurra.



Mirad lo que pasa si os ponéis en plan nacionalista, niños.
Roma, octubre 2007

La mayor parte de La trampa balcánica está dedicada a un largo recuento de guerras, gobiernos, partidos, dictaduras, estrategias y purgas. Mucho nombre propio, mucho de lo que se suele conocer como política, poco sobre la economía y la sociedad. Aunque está bien escrito y el autor lo hace interesante (me recuerda mucho a los capítulos sobre Europa del Este de la magna Postguerra de Tony Judt), tanta política hace que quede muy poco espacio para discutir si esa afición a masacrarse es heredada o aprendida, o sea, si son así de salvajes o se puede explicar analizando la economía y la sociedad balcánicas.

Ese análisis, que me habría gustado que fuera mucho más extenso, lo desarrolla en dos partes: primero, argumentando que las burradas de las guerras de Croacia y Bosnia no son nada excepcional, basta compararlas con Argelia, Palestina, partición de la India, dictaduras del Cono Sur, guerra civil española, Nigeria, Suráfrica, tralará lará y etc. Que el muerto de la foto sea un niño rubito y no negro o asiático no tiene por qué dar más puntos al asesino.
La segunda gran tesis es que la causa de la guerra está en el surgimiento de una clase media de funcionarios y técnicos en todos los países comunistas, una clase social bastante numerosa y muy influyente, que reaccionó cuando todo se vino abajo al caer los regímenes y desfondarse la economía. En Yugoslavia todo eso se combinó con una "descentralización sin democracia" en la que en cada república federada se creó una élite local muy ocupada en mantener a los caciques y clientelas, sin ningún contrapeso, y en la que la forma más fácil de arañar recursos era quitándoselos al vecino; de ahí que a la muerte de Tito todo se desmadrase y se recurriera al nacionalismo como una forma de enardecer a las masas.

A mí me convence, aunque tengo que decir que siempre he estado predispuesto a rechazar las explicaciones basadas en el carácter nacional: llevo muy mal cuando un europeo del norte suelta cualquier chanza basada en la siesta, los toros o la "pasión". Claro que no todos los idiomas tienen una palabra para el concepto "pila hecha con los cráneos de los enemigos" como el turco, el serbo-croata, el búlgaro y el rumano, como el viejo ejemplo de los esquimales y su vocabulario para los distintos tipos de nieve. Pero como dije antes, le falta desarrollo: me habría gustado leer más explicaciones alternativas y su refutación, siguiendo la estructura clásica del ensayo. De todas formas, va mucho más allá de todo lo que me he encontrado hasta ahora, sobre todo en la prensa... no escupo en el suelo porque la alfombra no se va a limpiar sola.

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Para terminar, una comparación entre el sistema de bibliotecas públicas de dos ciudades: Madrid (3.165.235 habitantes, PIB per cápita 29.576 euros), con unas bibliotecas de barrio diminutas y mal dotadas, y Ávila (58.933 habitantes, PIB per cápita 19.011 euros) con una Casa de la Cultura soberbia en la que es posible encontrar libros como éste, ya descatalogado y no disponible en formato electrónico. No creo que haya una comunidad autónoma que siendo tan rica tenga unos servicios públicos tan rematadamente malos como Madrid, que eso sí, tiene muchos túneles e instalaciones olímpicas pudriéndose.