3 de agosto de 2008

La maquinaria de exterminio nazi, desde su interior.

Jonathan Littell
Las benévolas

(Les Bienveillantes
)
RBA, Barcelona, 2007
990 páginas


Contradiciendo la confesión derrotista de hace pocas semanas, todavía es posible sacar tiempo para atacar novelas gordas, complejas, que obligan a releer pasajes, sacar el diccionario y el atlas y repensar el último capítulo mientras se acude al trabajo cual zombie alienado. Las benévolas es una de ellas, digna heredera de aquellos novelones del XIX que llenaban meses de la vida de la gente (nota: todavía tengo pendiente leer Guerra y Paz).

El argumento se desarrolla de forma lineal, como una de esas grandes novelas. Muchos años después del fin de la guerra, el director de una fábrica de encajes de Calais se decide a relatar su pasado: fue ni más ni menos un oficial alemán de las SS, Max Aue. Se centra en el período de la guerra contra la Unión Soviética, desde junio de 1941 hasta abril de 1945: invasión, empantanamiento en la estepa ucraniana y en el Cáucaso, hasta llegar al desastre de Stalingrado. Sus cometidos son principalmente burocráticos: dirigir y supervisar operaciones de aniquilación de judíos soviéticos, redactar concienzudos informes para sus superiores, mejorar la administración de los campos de concentración para que participen en el esfuerzo de guerra del Reich, misiones que le llevan por los escenarios probablemente más espantosos donde haya estado hombre alguno. De ascenso en ascenso, llega a Obersturmbannführer (teniente coronel), destinado al Estado Mayor de las SS en Berlín.

En sus casi 1000 páginas, Las benévolas desarrolla varios temas en paralelo, como si de una sinfonía se tratase. Se puede leer en varios planos: el más evidente a la vista del argumento que acabo de bosquejar, es una recreación histórica de los años más horribles de la historia de la Humanidad, en los peores sitios (frente oriental, Stalingrado, Auschwitz, Berlín), con la peor calaña: las organizaciones policiales de las SS y sus auxiliares. No nos ahorra ninguna animalada, y las descripciones pondrán a prueba la capacidad de aguante del lector. Esperemos que a nadie se le ocurra adaptarla al cine. Es un nivel que entronca muy bien con las reflexiones sobre lo que
llevó a aquellos "patriotas y horados funcionarios", y nos podría llevar a nosotros, a participar en semejantes salvajadas: lo socialmente aceptado, lo bendecido por los
sabios, las órdenes, las ansias de medrar, las venganzas personales. Lo arbitrario que puede resultar que nos toque desempeñar el papel de víctima o de verdugo, ambas poco agradables.

También se ocupa de desmontar el mito, poco creíble pero tantas veces repetido en el cine y en la prensa, de la eficiencia burocrática de la maquinaria de destrucción del III Reich: chapuzas, desidia, corrupción, lucha entre departamentos, entorpecimiento burocrático -eso no me toca a mí, es cosa del Alto Negociado de Desplazamientos y Migraciones, etc- en un trasfondo trágico donde todo se resuelve con la muerte de más prisioneros.
La avalancha de departamentos, jerifaltes SS y burócratas de todo pelaje con que tiene que lidiar el protagonista refleja muy bien la estructura, tremendamente ineficaz, que soportaba la ocupación de los territorios del Este.

No podemos olvidarnos de quien da cuerpo a la novela, Max Aue. Buena parte de Las Benévolas se ocupa del estudio psicológico del protagonista, una buena pieza: doctor en derecho, culto, cruel, nazi convencido, le altera más el sinsentido de tanta muerte (¿para qué sirve?) que el sufrimiento de cada una de las víctimas, aunque prefiere no estar demasiado cerca de las ejecuciones: le estropean la digestión, a la criatura. Su vida privada, marcada por las consecuencias de una adolescencia complicada, su homosexualidad -algo difícilmente compatible con su trabajo de oficial SS-, y, sobre todo, las relaciones con su familia, son determinantes en la novela.

Denkmal für den ermordeten Juden Europas, Berlin, mayo 2008

No todo me ha gustado en Las benévolas. Para empezar, me ha parecido demasiado extensa. Hay pasajes muy largos y repetitivos que podrían decir lo mismo con muchas menos páginas: de lo peor (por aburrimiento) son los regodeos en las locuras masturbatorias del protagonista. También me ha parecido que hace excesivo uso de palabras en alemán: un apéndice al final del libro explica algunos términos, sobre todo organizaciones del entramado nazi, y una tabla de equivalencias explica los grados militares, pero el texto está trufado de expresiones (zu Befehl!, Auswärtiges Amt, etc.) no siempre explicadas y que sin duda entorpecerán la lectura a quienes no sepan un mínimo de esa lengua. No entiendo por qué, cuando menciona el ejército regular (llamado Wehrmacht todo el tiempo, como si se tratase de algo diferente), siempre nombra las graduaciones en alemán (Hauptmann, Oberst) en lugar de sus equivalentes capitán, coronel, etc. La traducción, obra de María Teresa Gallego Urrutia, me ha parecido correcta; sin tener delante el original es difícil hacer valoraciones, pero el resultado final no chirría y encuentra una voz convincente para los soliloquios de Max Aue.

Las benévolas es una novela enorme y tremenda, no demasiado fácil de leer pero que engancha y da que pensar. ¿Cómo actuaríamos si las circunstancias nos colocasen en la situación del protagonista? Muy recomendable, merece su fama y buena acogida.
Las reflexiones de los oficiales SS cuando ven acercarse el final, y los intentos de los jefazos de implicar a todo el mundo para que no puedan alegar ignorancia son de lo mejor.

30 de julio de 2008

De noche por el GR-10, ruta de "Los Pinares Llanos"

Recorrido por el sendero de Gran Recorrido GR-10, límite entre Madrid y Castilla y León (Segovia y Ávila), partiendo del Puerto de Guadarrama, también llamado "del León" por un pobre bicho de piedra colocado en una isla de tráfico y que ve pasar a los camiones muy cerca.

5 kms por pista forestal apta para coches, después por el GR-10, que es una senda muy claramente marcada. Al principio, desde el collado de la Mina no sigue exactamente la divisoria de vertientes, sino que discurre unos metros por debajo, en la vertiente abulense. 

Ruta seguida (ida y vuelta), superpuesta al mapa topográfico 1:50000, hoja de Cercedilla

Senda ideal para el tiempo frío (aunque incómoda si hace viento, es muy expuesta), también resulta muy practicable por la noche, aunque no haya luna llena, pues la claridad de Madrid y alrededores es suficiente para iluminarla. Las vistas, increíbles.

Esta ampliación, superpuesta a la imagen de satélite, da una idea de lo que supone no encontrar el camino a la primera, de noche y por un pinar lleno de una vegetación muy espinosa, ideal para el pantalón corto.

Perdidos en el bosque. La línea más a la izquierda debería superponerse al camino, o bien el GPS escoraba la medida o la foto de satélite del Google Earth no está perfectamente calibrado.

Datos medidos con el GPS:
  • Distancia recorrida: 18,05 Km
  • Tiempo en movimiento: 4h 34'
  • Tiempo parados: 2h 48'
Perfil muy cómodo, sin grandes cuestas. Con tiempo y ganas, se podrían hacer muchos kilómetros, hasta acercarnos al Pozo de la Nieve y a El Escorial.

Barranc de l'Infern o "La catedral del senderismo"

Cerca de Denia está la Vall de Laguar, un mundo al revés en el que los pueblos, rodeados de huertas y frutales, ocupan las alturas y las dificultades se abren hacia abajo, en unos barrancos tan profundos que se dirían cañones.


Para experimentarlo en mis propias carnes, nada mejor que seguir la senda PR-147, una ruta circular que desciende tres veces al fondo del barranco, para subir hasta la siguiente altura, construyendo un perfil que parece una etapa alpina del Tour. Tanto, que por Alicante es conocida como "La catedral del senderismo" (la página que enlazo contiene un PDF con una inmejorable descripción de la ruta). Indicada para días frescos, tuvimos la gran suerte de que una capa de nubes tuvo la deferencia de protegernos del sol de Julio.

Datos medidos con el GPS:
  • Distancia recorrida: 12.8 km
  • Tiempo en movimiento: 3h 36'
  • Tiempo parados: 2h 04'


Plano de la ruta. Recorrido captado con el GPS y superpuesto al Google Earth, click para ampliar.

Y por último, el famoso y temido perfil:

Más de 800 metros de desnivel acumulado. El primer tramo es el más duro, y el segundo, el más espectacular.

28 de julio de 2008

Subida nocturna al Montgó

El Montgó es una montaña litoral que surge de repente, separando Denia de Jávea y formando de propina el cabo de San Antonio. Incendio tras incendio la han ido dejando pelada, lo cual aconseja subir en una época del año en la que el sol apriete poco... la noche, por ejemplo.


La excursión consistió en dejar el coche en Les Rotes, donde termina la carretera que desde Denia bordea la costa, subir poco a poco por la meseta litoral, y, cuando no quedaba más remedio, ascender por el sendero PR ("Pequeño Recorrido") que magníficamente señalizado ataca el Montgó por la cara que mira al mar, en una subida que se las trae. El principal problema fue el viento, que amenazaba con desequilibrar al caminante y lanzarlo al abismo.

Tras dormir en la cumbre (750 metros), descenso por el mismo camino, con una pequeña desviación al final para visitar la Cova Tallá, una cueva que se abre hacia el mar, dentro de un acantilado. 

Recorrido, registrado con el GPS y superpuesto al Google Earth. Pulsar en la imagen para verlo en un tamaño decente.

El perfil deja claro lo que supone salir desde el nivel del mar: la altitud se convierte en desnivel. Y eso es duro.

Perfil de la jornada: los 750 m del Montgó

Como ilustración, un pálido reflejo de la sensación de ver amanecer desde lo alto. Una vez maravillados y asombrados, seguimos durmiendo un buen rato más, todo sea dicho.


Amanecer desde el Montgó. Pulsa en la imagen para verla en un tamaño decente, con las islas de Ibiza y Formentera

12 de julio de 2008

Revistas

Últimamente leo muchos menos libros que antes. La causa, mi descubrimiento en primer lugar de que existen revistas muy buenas allá por el ancho mundo, y en segundo lugar, de que el precio de la suscripción es sorprendente bajo, inferior a comprar el periódico los domingos y cargar con todos esos suplementos que van directamente a la basura. Ignoro el motivo, pues supongo que en todos los países las revistas se financian sobre todo con publicidad, pero me alegra poder aprovecharme de la globalización de esta manera.


Voy a repasar brevemente las revistas a las que me he suscrito:

Semanario "de actualidad", sigue a la perfección el pensamiento dominante que toque. Estuve suscrito un par de años en un pasado remoto en el que no había Internet y a mi ciudad no llegaba prensa extranjera, y además había que aprender inglés.
Incluso para un adolescente, había cosas que chirriaban demasiado. Todavía recuerdo esos maravillosos gráficos desplegables donde comparaba el modesto ejército USA con la poderosa maquinaria destructiva de Saddam Hussein... primera guerra del Golfo.

No hace mucho tiempo llegó a mi buzón una buena oferta, y me suscribí a este semanario inglés, que alguna vez había comprado en el kiosko. En cuanto a información política internacional y económica, no creo que haya ningún periódico que le pueda hacer sombra. No soy un experto en esto, pero probablemente tenga los artículos mejor escritos de cualquier periódico en inglés; desde luego, son mucho mejores que los de otras publicaciones que suelo leer. Un estilo muy elegante que demuestra un cuidado exquisito: me gustaría ver el número de borradores que son rechazados para llegar a ese resultado. Aderezado con una ironía de lo más británica, aunque suene a tópico.
Entre otros aciertos, The Economist deja bien clara su línea editorial: fundado en 1843 por un sombrerero escocés para luchar contra el proteccionismo, la defensa del libre mercado sigue siendo su principio guía. Sabiéndolo, es posible anticipar esa deriva ideológica en muchos de sus análisis, con lo que el lector no se llevará a engaño; de todas formas, no se trata de obediencia ciega a una consigna, sino que suelen dejar claro el proceso argumentativo que les lleva a una conclusión, por lo que el lector siempre puede validarlo y aceptar o rechazar el resultado. En mi caso, acostumbrado a las verdades reveladas con que suele funcionar la prensa española, ha supuesto todo un descubrimiento.
Un ejemplo claro de calidad es el tratamiento de la información científica y técnica. Comparado con el sensacionalismo, las inexactitudes y las conclusiones absurdas que solemos ver por aquí, y que evidencian la mala preparación de muchos periodistas (¿pero por qué no preguntan lo que no saben?), The Economist, además de dedicarle bastante espacio -por ejemplo, el Technology Quarterly, un suplemento trimestral-, produce unos artículos bien investigados y a veces sorprendentemente actuales, algo que puedo verificar cuando escribe sobre el área en que me muevo profesionalmente.
Tras un par de años como suscriptor, lo dejé correr simplemente porque no tenía tiempo para absorber tanta información y porque, la verdad, no es imprescindible saber quién gobierna en todos los rincones del planeta. Eso sí, frecuentemente entro en la edición electrónica, que recientemente incorporó todo el contenido de la edición impresa, y leo algunos artículos.


Madrid, diciembre de 2006

Cuando decidí ser infiel a The Economist, busqué una sustituta que me diese lo que a ésta le faltaba: menor periodicidad, para no convertir su lectura en una especie de pluriempleo, y una postura ideológica algo más a la izquierda, para descontaminarme un poco de tanto libre mercado. Me hablaron de esta revista, mensual, estandarte de los intelectuales que en Estados Unidos llaman 'liberales' y que aquí habría que llamar "izquierdosos", o sea liberales en lo social, pero mucho menos en lo económico. La publica una fundación sin ánimo de lucro, para liberarse así del capricho de los lectores y la tiranía de los anunciantes.
Al principio me gustaba a medias. Una edición de lujo, parece hecha para almacenarla con reverencia, y algunas secciones muy interesantes, como "Harper's Index", una colección de cifras que describen aspectos sorprendentes de nuestro mundo. Copio un ejemplo:

Number of Iraquis who receive regular payments from the U.S. government in exchange for not fighting: 91,600

(número de iraquíes que reciben pagos periódicos del gobierno USA a cambio de no luchar)

Pero al pasar los meses, cada vez estoy más cansado. Constantemente hace referencia a una remota Edad de Oro desde la que la política y las costumbres no han hecho más que empeorar, los editoriales parecen sermones, y la mayoría de los artículos tienen un sesgo ideológico demasiado marcado para mi gusto. Y muy poco sentido del humor. Además, muchos de ellos no me interesan lo más mínimo: en la de este mes, las once páginas de letra apretada dedicada a las repercusiones de los derechos de los homosexuales en la iglesia anglicana americana se quedaron sin leer.

Así que, por muy barata que salga, no renovaré la suscripción.


The New Yorker

Aquí es donde se me van la mayor parte de las horas dedicadas a la lectura no relacionada con el trabajo (o, últimamente, con la fotografía). Una revista legendaria, fundada en 1925 y donde han publicado muchos de los grandes escritores americanos contemporáneos: Nabokov, Capote, Salinger, Updike, Carver, y tantos otros. Se publica semanalmente, y, salvo un par de páginas, no dedica ningún espacio a la actualidad: quitando una sección sobre lo que se puede ver y hacer en Nueva York, que viviendo tan lejos no me interesa demasiado, casi todo el espacio está dedicado a grandes reportajes, de esos que cualquier periodista sueña con hacer: le dan varios meses para investigar, viajar, entrevistar, redactar y corregir, y páginas suficientes para desarrollarlo bien y ganar el Pulitzer. Por supuesto, el resultado suele ser excelente, y un gozo leerlo. 

Siempre incluyen un relato breve (salvo obviamente el número especial dedicado a la ficción), algún poema, y una sección al final con críticas de literatura, teatro, música y cine. Casi todas las ilustraciones son viñetas: los chistes del New Yorker son un clásico en sí mismo.


Creo que seguiré suscrito al New Yorker durante una larga temporada: no estoy acostumbrado a algo tan exquisito, y la vuelta a la realidad local suele ser dura, pero qué le vamos a hacer.